¿Habrá responsables por el incendio de Seseña?

Bastaba ver la humareda negra, como una densa nube de gases tóxicos, para saber que sólo de la dirección del viento dependía que se produjera una tragedia humana de grandes proporciones en la Urbanización llamada de El Pocero, en Seseña, apenas a cuatrocientos metros del mayor cementerio de neumáticos viejos en toda Europa. De un lado, aire irrespirable, mascarillas, ventanas cerradas, desalojo temporal de viviendas y niños sin colegio. De otro, las pérdidas por el valor del material incendiado, si es que lo tenía realmente, y los gastos de extinción, con el riesgo añadido para quienes lucharon para apagar el incendio. Y como colofón, dibujado durante varios días y varias noches en el horizonte, el terrible impacto sobre el medio ambiente.

Nos abrumarán con explicaciones a medias pero repetidas como un mantra, y los reproches se repartirán tanto que no habrá ningún culpable de carne y hueso. Ni penal ni siquiera político. La Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, la Comunidad Autónoma de Madrid. Dos municipios, pero con el de Seseña como principal implicado. Y un Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente. Esto, en cuanto al espacio y las competencias más o menos concurrentes. Luego, en la vertical del tiempo, han sido algo así como trece años viendo crecer la monstruosa acumulación de ruedas de todos los tamaños entre concesiones, incumplimientos y miradas hacia otro lado. Dicen que el último titular del depósito, por el concepto que fuera, se halla en paradero desconocido y que actualmente, según un juzgado, el depósito no es otra cosa que un conjunto de neumáticos abandonados.

Por fortuna no ha habido daños físicos, al menos importantes, para la salud de las miles de personas que viven en aquel complejo residencial, pero no habrá sido por la preocupación de los llamados a prevenirlos. Durante largo tiempo se ha corrido el peligro del incendio declarado por un fenómeno natural, un rayo por ejemplo, o el impulso criminal de un pirómano. La gran tragedia no se ha producido porque, como suele decirse, Dios no ha querido.

Como la coloración política de los responsables (presuntos, no faltaba más) es muy variada, más que atacar al partido contrario, siguiendo la costumbre, se procurará que el olvido llegue pronto. Mientras tanto sólo se hará hincapié en la extinción misma de un incendio que, obra imprevisible e inevitable de un desalmado, habría sido extinguido en pocos días gracias al esfuerzo concertado de nuestras instituciones. Del hecho de que se hubiera autorizado el depósito de neumáticos al lado mismo de la urbanización, o al revés, la urbanización junto a los neumáticos, se hablará bastante menos. Confiemos en que si al final llegamos a repartir medallas, estas sean sólo para los bomberos.