Justicia sí, pero menos

juticia

La jurisdicción penal de libro descansa sobre dos pilares. El primero es la obtención y valoración de pruebas, teniendo especial cuidado cuando existe el riesgo de que un acusado inculpe falazmente a otro para salvar o reducir su propia responsabilidad. Y el segundo consiste en la correcta aplicación de la ley a los hechos probados, no severa o benévolamente, sino de acuerdo con las circunstancias que concurran en el caso.

No está en manos del legislador ni de los jueces impedir que cada acusado procure mejorar su situación a costa del prójimo, aunque sea tergiversando los hechos, pero a ese peligro se suma, cada vez con mayor frecuencia en nuestro ordenamiento jurídico y en la práctica judicial, la posible obtención de un trato preferente por vía de conformidad o como premio a la colaboración con la policía, el fiscal o el propio tribunal. Aunque de esta guisa disminuya el trabajo de nuestra sobrecargada y muy lenta Administración de Justicia, el precio es muy elevado en términos de indeseables efectos colaterales.

Por dicho camino no se refuerza ni satisface el sentimiento básico de justicia. Aquéllas conformidad o colaboración permiten, como estamos viendo un día y otro también, el pasar desde los veinte o cuarenta años de la pena inicialmente solicitada a otra que no suele superar los dos años para beneficiarse así con la suspensión de su ejecución. La mayoría de los legos y buena parte de los juristas incluso creen erróneamente que el no entrar en la cárcel es un derecho del reo que delinque por primera vez y no una decisión discrecional del juez o tribunal caso por caso.

Tampoco resulta muy ejemplar que el gran delincuente de cuello blanco obtenga otras grandes ventajas si devuelve una parte de su botín, aunque poco signifique respecto a la totalidad de lo sustraído o estafado. El abono total o parcial de las indemnizaciones no justifica que muy graves delitos queden más cerca de la impunidad que del castigo. Al ciudadano vulgar que roba al por menor no se le brindan tantas facilidades. Para él no hay amnistías ni nada parecido a las componendas de las que se beneficia la gente, y también la gentuza, supuestamente honorable hasta entonces. La pretendida igualdad ante la ley se rompe a favor, precisamente, de los verdaderos culpables de esta corrupción que nos rodea como el aire que respiramos.

La enorme lentitud con que trabajan nuestros tribunales, los muchos recursos, las triquiñuelas procesales, la delicada salud de todo mangante que se precie y su rápido acceso al tercer grado penitenciario o a la libertad condicional, por aquella razón, por su edad, por falta de peligrosidad en términos callejeros, por no necesitar tratamiento resocializador alguno y por su buena conducta, son circunstancias que se combinan para poner de actualidad, cambiando un par de palabras, un conocido dicho evangélico: “Antes pasará un camello por el ojo de una aguja que uno de estos próceres del crimen por la puerta de la prisión”.

Sobre el autor de esta publicación