Tres apuntes de actualidad

Una exministra francesa de Cultura y Deporte, Doña Roselyne Bachelot, acusa públicamente a Rafael Nadal, de haberse dopado. Nuestro tenista habría dejado de jugar siete meses en 2012 por haber dado positivo en un control. Indignación generalizada, a la que se une el anuncio inmediato de que el deportista y su abogado preparan una contundente réplica. Corren los días, pero nada sabemos de una querella o de la decidida intervención de nuestros organismos deportivos. Nadal expresa más tarde su amor a Francia y asegura que no quiere tensiones con el país vecino. Está muy bien, pero el problema es otro. El de que su honor no puede quedar en entredicho mientras espera que el paso del tiempo borre aquella gravísima imputación.

Los seguidores de un equipo holandés que vejaron a las pedigüeñas profesionales, también extranjeras, de la Plaza Mayor de Madrid suscitan la merecida repulsa de toda la sociedad española. Tanto que, en un nuevo alarde de voluntarismo (ha habido otros) hasta se les atribuye desde las alturas del Ejecutivo la comisión de un delito de incitación al odio del artículo 510 del Código Penal. Del resto se ocuparía nuevamente el paso del tiempo. Pero tan verdad es que aquellos seguidores del PSV ya se han ido como que las bandas internacionales de la mendicidad organizada con gitanos procedentes de Rumanía y otros países balcánicos siguen campando por sus respetos en la capital de España, hurtando lo que se les pone a mano, molestando a los peatones, acosando a quien se sienta en una terraza pública y espantando a los turistas. A su lado, los pordioseros españoles no existen. Ahora es nuestro turno. ¿Haremos algo?

En la fachada del palacio de Cibeles, también en la capital de España, han colgado un cartelón donde puede leerse: “Refugiados. Bienvenidos” (en inglés, naturalmente). Está muy bien, pero las bellas palabras no deben quedarse en un brindis al sol. Sería necesario saber con qué medios cuenta el Ayuntamiento de Madrid para acoger refugiados y de dónde sacará sus puestos de trabajo. Se trata de resolver el problema en lo que podamos. Eso, y no los eslóganes, es lo que importa. Los fuegos artificiales entretienen al personal, pero de poco valen por sí solos.