Indignidad, impotencia y vergüenza

La Plaza Mayor de Madrid, a doscientos metros de la Puerta del Sol, en el corazón de España, fue escenario de un vergonzoso espectáculo durante el mediodía del martes. No se organizó un auto de fe, ni siquiera una corrida de toros, como en otros tiempos. Ahora todo fue espontáneo. Una docena de pordioseras gitanas, o de etnia gitana, para ser políticamente correctos, y unos cuantos seguidores del equipo holandés PSV, que disfrutaban del buen tiempo y de un aperitivo en las terrazas al aire libre.

Las gitanas, o sea, las pedigüeñas en cuestión, no eran en realidad gitanas, sino “romas”. En Centroeuropa distinguen muy bien entre los gitanos españoles y los “romas” de los países balcánicos, principalmente rumanos, cuyas bandas de mendicidad organizada han encontrado en la lejana España su mejor campo de actuación.

Madrid ha sido perfectamente parcelado entre las distintas organizaciones. Cada una conoce bien su territorio. No hay, o no se conocen, a diferencia de lo que ocurre en el ámbito de las drogas y la trata de mujeres, ajustes de cuentas o altercados de índole menor. En la Gran Vía, en la Calle Mayor o ante el Palacio de Oriente, los mendigos son siempre los mismos en tanto no se encuentren disfrutando de algunos días de permiso en sus países de origen.

Todo esto lo sabe perfectamente la Policía local pero, y aquí está de nuevo una de nuestras notas diferenciales, no puede hacer nada, salvo, si se permite la expresión, amagar y no dar. Los “romas” no cometen ningún delito, se benefician de los Acuerdos de Schengen y tienen los debidos documentos nacionales de identidad. No se les puede detener ni se les puede molestar con la conducción a comisaría para ser identificados. Sólo se les puede imponer, tras los trámites correspondientes, una multa administrativa, incobrable en la práctica y sin arresto sustitutorio. Total, Jauja.

Volviendo al principio, los holandeses de la Plaza Mayor, molestos por el acoso de estas profesionales de la mendicidad, zarrapastrosas, pegajosas y sucias más allá de lo imaginable, optaron por quitárselas de encima tirándoles las monedas a unos metros de distancia para que las pedigüeñas se las disputaran agachándose y empujándose unas a otras. Luego vinieron los bailes y contorsioneos como una secuencia del film Viridiana.

Una vergüenza para los seguidores del PSV. Una vergüenza para las pordioseras por muy profesionales que fueran. Una vergüenza para todos cuantos presenciaron el espectáculo sin poder hacer nada. Cuando algún que otro espectador se atrevió a protestar por su cuenta, sólo recibió el abucheo de los holandeses. Una vergüenza para Madrid y, por representación, para toda España. Y además con el probable equívoco de que las mendigas fueran españolas y evidenciaran el lamentabilísimo estado de nuestra economía.

Por fin llegó la Policía municipal y su sola presencia, como tal vez hubiera ocurrido en Holanda, terminó con el bochornoso espectáculo, pero como si no hubiera pasado nada. Y así hasta la próxima. Quizás los problemas de la mendicidad organizada pudieran resolverse tipificando los hechos como delito menos grave y con unos jueces de barrio que pudieran imponer, sin los retrasos habituales de nuestra administración de justicia, breves arrestos en caso de no abonarse inmediatamente la multa. Esas privaciones de libertad sí que, como impuestas por el Poder Judicial, serían conformes con nuestra Constitución. Una columna como ésta no da para más. Cualquier solución tiene sus pros y sus contras, pero lo que no se puede permitir es que la larga impunidad de hecho en esta materia se prolongue indefinidamente.