La sombra del GAL es alargada

La sombra del GAL es, efectivamente, más alargada que el ciprés de Miguel Delibes. Podrá discutirse sobre si Pablo Iglesias hizo bien al traer a colación aquellos crímenes durante el frustrado debate de investidura del socialista Pedro Sánchez. Pero la oportunidad y la veracidad son dos conceptos distintos. La personalísima memoria histórica, paradójicamente con minúscula frente a la manipulable y manipulada Memoria Histórica con mayúscula, es la mejor fuente de enseñanzas para acertar en eso tan difícil de dar a cada uno lo suyo, bien se trate de una persona o de una colectividad.

Hablamos de las andanzas del GAL, y en especial de la tortura, muerte y enterramiento en cal viva de los jóvenes Lasa y Zabala, supuestos miembros de ETA que, dicho sea de paso, conservaban aún la presunción de inocencia respecto a su posible pertenencia a la banda. Verdad es que aquel terrorismo de Estado sólo pretendía acabar con los innumerables asesinatos, secuestros y otras fechorías de la organización etarra, algo que podrá servir de atenuante pero no borra la gravedad de los hechos. Los GAL tuvieron, además, mucho de chapuza y constituyeron políticamente un desastre. Habría desde entonces víctimas en los dos bandos del conflicto vasco, según la terminología acuñada por los herederos de Sabino Arana.

El entonces ministro del Interior, un general de la Guardia Civil y otras personalidades acabaron en la cárcel, pero al presidente Felipe González, que dijo haberse enterado de todo por los periódicos, no se le oyó siquiera como testigo para, en palabras de uno de los magistrados de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, no estigmatizarle. Eso sí, a los jueces o a algunos de los jueces se les calificó de descerebrados, mientras que a los penados se les despidió calurosamente a la puerta de la cárcel de Guadalajara, incluido el corro de la patata en su honor.

Felipe González ha atribuido el recordatorio de Pablo Iglesias a una rabia y un odio que enlazaría con su condición de discípulo de Julio Anguita, un antiguo y respetado miembro del Partido Comunista y líder de Izquierda Unida, al que nadie se había referido en el incidente del Congreso. Volviendo al comienzo de este artículo, los hechos fueron los que fueron, al margen de que a estas alturas lo mejor sea airearlos sólo cuando sea menester, lo que, en mi opinión, no ocurriría en este debate parlamentario. Las réplicas y contrarréplicas únicamente sirven ahora para refrescar el recuerdo de un triste capítulo de la España democrática.