Religión y política: puentes y muros

La figura del Papa presenta una doble faceta. De un lado, para los católicos es el sucesor del Apóstol San Pedro y, como tal, el representante de Dios en la Tierra. De otro, es el Jefe de un Estado autocrático, el Vaticano, conocido también como la Santa Sede. Una dicotomía que en ocasiones dificulta saber en qué condición se pronuncia esa misma persona sobre una determinada materia. Las cosas se complican aún más por cuanto la infalibilidad del Papa como cabeza de la iglesia católica se constriñe a los dogmas y a las enseñanzas morales o de buenas costumbres y, además, sólo cuando el pronunciamiento se haga solemnemente “ex cátedra”.

El Concilio Vaticano I no definió esta infalibilidad hasta el año 1870, pero su posible retroactividad es algo que no interesa para este comentario sobre algo ocurrido hace un par de días. Durante su visita a Méjico, el Papa Francisco I se ha referido a las muchas gentes, no solo mejicanas, sino de todo Centroamérica, que pretenden emigrar a los Estados Unidos de Norteamérica en busca de trabajo y una vida mejor para sí y para sus hijos. Nadie discutirá que tal anhelo bien merece la atención del Pontífice en su primer viaje por aquellas tierras. Lo que ya no está tan claro es que sus palabras hayan sido plenamente acertadas. La solución del problema, que es más político que religioso, no se logra condenando a quien construye muros en lugar de puentes.

Aquí no valen las fórmulas sencillas, aunque cuenten de antemano con el agradecido aplauso de sus pretendidos beneficiarios. Todo gobierno, también el de Washington, tiene el derecho e incluso el deber de proteger las fronteras de su país, regulando la llegada de visitantes y, sobre todo, rechazando una inmigración indiscriminada y masiva. Las puertas abiertas de par en par únicamente caben en el imaginario de los deseos utópitos o populistas, pero los puestos fronterizos de control, consecuencia obligada de dicha premisa, de nada servirían si no se impidiesen los accesos por cualquier otro lugar. No existe entonces diferencia sustancial alguna entre reforzar la protección de la frontera con más patrullas, más helicópteros y más torres de vigilancia, o elevar un muro a todo lo largo de la raya divisoria. Las opciones varían, pero no la finalidad.

Se puede no compartir la afirmación de Francisco I en el sentido de que un candidato a la Presidencia de Estados Unidos deja de ser cristiano (no ya católico) si propone la construcción de un muro en lugar de puentes para resolver el problema de la inmigración ilegal. Particularmente, cuando quien así se expresa es a la vez cabeza de la Iglesia Católica y Jefe de un Estado, aunque territorialmente pequeño, en el concierto de las naciones.

¿Pecarán los católicos estadounidenses que voten a dicho candidato pese a conocer su programa electoral? ¿O nos moveremos en el opinable terreno de la política nacional e internacional? ¿Y qué diremos de las vallas de Ceuta y Melilla? ¿O es que la pobreza de los subsaharianos es de peor condición frente a la Unión Europea? ¿O depende de la longitud que tengan la valla o el muro? Quizás la mejor respuesta se encuentre en el propio Evangelio: “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.