A un señor así ¿quién se lo niega?

Este relato, verídico desde la cruz a la raya, se sitúa en los años cincuenta del siglo pasado, cuando aún existía el delito de adulterio en el Código Penal de 1944. La mujer casada se enfrentaba a una pena de prisión que podía llegar a los seis años, poca cosa si se recuerda que en nuestro primer Código Penal, el de 1822, la adúltera sufría “una reclusión por el tiempo que quiera el marido, con tal de que no pase de diez años”. Pero dejemos la erudición y entremos en materia.

Como escenario, una serranía del sur peninsular. Algunos cortijos desperdigados y caminos polvorientos. Un día se presenta en el juzgado de la cabeza de partido una querella por el adulterio de una cortijera. Hay que citarla y recibirle declaración. Es una mujer joven, aseada y bien puesta. Reconoce entre llantos la realidad de los hechos, asegura querer a su marido, un buen mozo, al que alaba como trabajador, casero y siempre preocupado por sacar adelante a su familia. Tenían tres hijos pequeños.

El día de autos, nunca mejor dicho, la querellada estaba sola porque su Antonio había ido a vender unas cabras en el mercado semanal de un pueblo cercano. Y entonces, pasó lo que pasó. El médico del lugar, afortunado propietario de un coche con muchos kilómetros a cuestas, recorría de vez en cuando aquellos pagos para visitar a sus viejos pacientes y atender a los nuevos, si los hubiere. A estas alturas ya no consta si el galeno sabía que el cabeza de familia estaría mucho tiempo lejos de su casa.

Total, que se consumó el adulterio, que el marido pilló “in fraganti” a los pecadores (y delincuentes), y que ella era la primera en lamentar lo ocurrido y comprender perfectamente la reacción de su hombre. Una pena. Llegado el momento, cuando en el juzgado se la preguntó por qué había cedido entonces a las pretensiones del médico, gordinflón, calvo y mayorcito, la mujer contestó, aliviada y como esperando la comprensión todos los presentes, con la frase que encabeza este artículo: “señor juez, ¿a un señor así quién se lo niega?

Han pasado muchos años. Ahora oímos esa misma disculpa en la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca, muy lejos de la Andalucía profunda de hace más de medio siglo. Personas muy relevantes, al menos en el pasado, reconocen haber sido incapaces de decirle “no” a un cualificado señor duque en defensa, no de su honestidad, sino de los dineros públicos. También aquí hemos progresado adecuadamente. De médico rural a esposo de una Infanta. De un pobre cortijo a los salones y despachos con ricas maderas o mármoles de Macael. Como dice el latinajo, “nihil novum sub sole”.