La mugre

Hay quien cuelga en las redes sociales sus chistes más ingeniosos. Así el de los cinco millones de judíos que caben en el cenicero de un seiscientos. O el de la joven víctima del terrorismo etarra que podría encontrar piernas de repuesto en las sepulturas de las niñas de Alcácer, que fueron violadas y asesinadas, pero no sufrieron mutilación alguna. Con estas gracietas se llega a formar parte del equipo de gobierno de la capital de España.

Hay también las veinteañeras, más o menos, que invaden una capilla universitaria con los pechos al aire mientras vocean eslóganes y amenazas en clave poética: “vamos a quemar la Conferencia Episcopal”, “el Papa no nos deja comernos las almejas”, “contra el Vaticano poder clitoriano”, “arderéis como en el 36” y “sacad vuestros rosarios de nuestros ovarios”. Por ejemplo.

Hay alguna alcaldesa que cumplimenta al rey Felipe VI con la cesta de la compra al brazo, como hay algún dirigente político que parece llegar a la Zarzuela desde su trabajo en un chiringuito playero. Pantalón negro y camisa blanca con las mangas remangadas. La preocupación por el atuendo se reserva para la gala de los Goya.

Hay alcaldes que reciben descamisados, o sea, en mangas de camisa, la visita protocolaria de algún mandamás de la flota estadounidense, embutido el buen hombre en su mejor uniforme, con condecoraciones, galones y estrellas por eso de la cortesía para con el regidor de la ciudad visitada.

Y hay unos “Titiriteros desde Abajo” que, contratados por el Ayuntamiento de Madrid y pagados con dinero público, deleitan a los niños con las hilarantes escenas de “La Bruja y don Cristóbal”. La obrita es para morirse de risa. Se ahorca a un juez, se mata a una monja, se viola a no sé quién, y se ataca un poquito a la religión católica, como es de rigor. Baste añadir que un cartel con vivas a ETA y Al Qaeda preside el divertido espectáculo.

La chirigota terminó en el juzgado y hubo prisión provisional para dos de los titiriteros. El Defensor (o la Defensora) del Menor no sabe o no contesta. Más activos se muestran algunos dirigentes políticos, aferrados a una libertad de expresión que incluiría las injurias y la incitación al odio. También aducen que se trataría de una sátira educativa. Como todo el mundo sabe, los niños detectan fácilmente el verdadero mensaje de cualquier relato satíricamente expuesto. Sería feo colgar a los jueces, asesinar a las monjas, darse al terrorismo o mofarse de los sentimientos religiosos de una buena parte de la población española.

Se empieza con los chistes de mal gusto y se acaba, por ahora, en el adoctrinamiento sectario de los niños. Aquí sí que progresamos adecuadamente.