Los Magos y las Magas

El feminismo, como cualquier otra causa perfectamente defendible, llega a conclusiones absurdas cuando cae en manos de sus seguidores más sectarios. Es ley del mercado que la mala moneda expulse a la buena, y las peregrinas ocurrencias de algunos o algunas, o de algunos y algunas conjuntamente, siempre serán bien recibidas por los medios de comunicación, los lectores, los oyentes y los videntes. Ahora se pretende llevar la igualdad de género a las cabalgatas de los Reyes Magos. Habrá una Baltasara entre Melchor y Gaspar, o una Melchora entre Gaspar y Baltasar. O una Gaspara entre Melchor y Baltasar. A elegir y sólo para empezar.

La idea se estrenará en dos barrios o distritos de la capital de España pero, desgraciadamente, un propósito tan ilusionante quedará a medio camino. Una señora, maga o no, debiera mostrarse como Dios manda y no como una mujer con bigote de pega y atuendo masculino. Así, el supuesto avance en términos de igualdad acaba siendo un reconocimiento explícito de que tal papel en los festejos de esa noche prodigiosa corresponde por derecho propio a un varón. Lo de que la mujer tenga que disfrazarse para ocultar su sexo no puede complacer a nadie con una mínima dosis de buen gusto.

Ya va siendo hora de que el sentido común ponga coto a esta sarta de disparates. No es cosa de polemizar sobre el sexo de Dios Padre o Madre, preguntarnos por qué el Niño Jesús ha de ser precisamente un niño y hasta elucubrar un poco sobre el Espíritu Santo, misteriosamente masculino pero en forma de paloma. Durante dos mil años más o menos se discute sobre el sexo de los ángeles, incluyendo ahí a los arcángeles, serafines, querubines, potestades y tronos. Tenemos ángelas y serafinas, pero no, que yo sepa, querubinas. Y es que, en ocasiones, el sexo importa poco tanto en lo sobrenatural como en este pícaro mundo. El toro o la vaca, el buey o la bueya, si la hubiere, los camellos o las camellas, los perros o las perras de los pastores y pastoras. Todo depende de las circunstancias y del caletre de los debatidores o debatidoras.

Guardo en mi poder como oro (incienso y mirra) en paño un proyecto de decreto o similar que, elaborado por un ente autonómico en defensa de los animales, se toma muy en serio el género de los beneficiados. No hay perros y gatos, sino perros y perras, y gatos y gatas. Eso sí, envuelto todo ello en la gramática de los nuevos tiempos: “perros/as y gatos/as”. Seguiremos informando.