Sobre la formación de un nuevo Gobierno

La segunda vuelta entre las dos formaciones políticas más votadas en la primera suele ser un buen remedio para salvar situaciones en las que, como parece suceder ahora en España, la tarea de formar Gobierno desemboque en difíciles negociaciones a espaldas de los electores y sin muchas garantías de éxito. Desgraciadamente, no contamos aquí con esa segunda vuelta.

No gobierna la persona propuesta por el partido más votado, sino la que cuenta con mayor respaldo parlamentario, y nada hay tan natural como que para ello se unan, por ejemplo, dos partidos de izquierdas contra uno de derechas. Ahora lo que importa es examinar objetivamente el panorama español después de las elecciones y extraer las debidas consecuencias para resolver nuestro actual problema del mejor modo posible.

No sería bueno tener que convocar nuevas elecciones, prolongando un Gobierno en funciones y corriendo el riesgo de que el resultado de aquéllas fuera similar al de hace sólo unos días. Olvidados los votantes como protagonistas, se ha entrado en la hora de las componendas a media luz. Pero aun así, ya sabemos lo bastante como para concluir que los desencuentros no son únicamente de ideologías y programas, sino también y desgraciadamente, fruto de las personales fobias entre algunos líderes políticos. Ha habido razonables diferencias, pero también gratuitos gestos de desprecio al adversario, más en unas direcciones que en otras.

Si el PP y el PSOE siguen siendo los partidos más votados de España y su simple suma permitiría formar un Gobierno mucho más estable que el conseguido por el acuerdo de numerosos partidos, todos ellos imprescindibles, lo mejor para España sería apostar por la gran coalición, aunque sea cambiando el actual reparto de actores. Los nombres no pueden ser obstáculos cuando nuestro futuro está en juego.