La rápida conversión del interno penitenciario en externo

El artículo 59 de la Ley Orgánica General Penitenciaria, de 1979, define el tratamiento penitenciario como “el conjunto de actividades directamente dirigidas a la consecución de la reeducación y reinserción social de los penados”, bien entendido que éstas son las dos finalidades primordiales de las Instituciones allí reguladas. Por lo demás, para la individualización del tratamiento se procede a la clasificación del interno en primer grado, segundo o tercero, sirviendo de cuarto la libertad condicional. Pues bien, el tercero se disfruta en un régimen abierto o de semilibertad que, previsto en principio para poder trabajar fuera del establecimiento e ir preparando la vida en libertad, admite hoy tantas variantes reglamentarias que puede consistir en ir sólo a la cárcel para firmar, incluso durante años, o a dormir en ella con mayor o menor regularidad. Y aquí vienen algunas consideraciones.

El contenido aflictivo de una pena de prisión se mide no sólo por su duración en el papel, sino también por el modo en que se cumple. Nada hay que objetar a la libertad condicional, pero sí mucho a unos terceros grados que transforman, un poco por la puerta trasera, al interno penitenciario en externo. Estos pensamientos no son nuevos, pero se me han refrescado con motivo de la concesión del tercer grado a una conocida tonadillera, por lo demás una bendita de Dios en comparación con muy conocidos saqueadores de dineros públicos a gran escala. No se entra ni sale en el caso particular de esta señora, ni en si ha accedido al tercer grado antes de tiempo o demasiado tarde. Lo que se pretende subrayar, generalizando, es que el ir a dormir a la cárcel de lunes a viernes no parece tener mucho que ver con aquel tratamiento sobre el que bascula todo nuestro sistema de individualización científica. El nombre, algo pedantuelo, procede de la propia Ley General Penitenciaria.

Poner a disposición del penado una plaza para dormir de vez en cuando constituye un lujo asiático, y menos mal que no suele cumplirse lo dispuesto en el artículo 19, a cuyo tenor “todos los internos se alojarán en celdas individuales”. Sería interesante saber lo que nos cuesta una de esas camas, pero probablemente no mucho menos que el alojamiento en un hotel de tres o cuatro estrellas. Por fortuna, y por el contrario, nos ahorramos nuestros buenos dineros con quienes sólo acuden a firmar.

Y pasando de la economía a la individualización científica en la ejecución de la pena, ¿cómo se trata al penado mientras duerme?, ¿Cómo se logra que avance hacia la deseada resocialización? Quizás fuera más sensato tratarle de día en el establecimiento penitenciario y permitirle dormir en su casa. Valga añadir, para que nadie interprete mal estas líneas, que no se insinúa siquiera una agravación de las actuales penas, sino más bien todo lo contrario: penas más cortas pero a cambio de una ejecución más efectiva. Por ejemplo, dos años en lugar de seis, pero de verdad. No es bueno que los “internos” se transformen en “externos” con una excesiva generosidad que devalúa la pena impuesta.