Elogio de la fidelidad política

Los partidos políticos consolidados, como los grandes equipos de fútbol, tienen en mayor o menor grado una hinchada que nunca les fallará. La preferencia puede transmitirse de padres a hijos con una fidelidad poco común en otras facetas de la vida. Se es de determinada ideología, de un partido y no de otro, como se es del lugar de nacimiento o se pertenece a una familia. La similitud va desde el orgullo por tales circunstancias hasta la disculpa anticipada por cualquier error o descalabro. La ropa sucia se lava en casa y nunca será tan abundante y cochambrosa como la del prójimo.

Aceptado el dogma de que nuestros ideales son los más provechosos para el país, poco importan los avatares periféricos. La corrupción no afecta a las esencias y, además, las lacras compartidas no cuentan a la hora de ganar votantes o perderlos. Hay que separar el grano de la paja, porque una cosa es el mensaje casi intemporal de los nuestros y otra la debilidad humana de sus ejecutores. Alguien escribió que buena parte de nuestros males proviene de que, con frecuencia, las buenas causas son defendidas por gentes que no lo son, y al revés. En este caso, las buenas causas son, naturalmente, las propias.

Esta actitud continuista, acrítica y algo sentimentaloide no desmerece, sin embargo, frente a la de quienes confían en unas promesas mitinescas con escasísimas o nulas garantías de cumplimiento. El Viejo Profesor ya nos advirtió de que las promesas electorales estaban para no ser cumplidas, y la triste realidad así lo corrobora. ¿Por qué creer hoy a quien hizo ayer lo contrario de lo solemnemente prometido? ¿O a quien se equivocó de la cruz a la raya con los resultados de sus fórmulas mágicas pero contrarias al sentido común?

La omnipresencia de los medios de comunicación ha contribuido, de otro lado, a que el contenido real de las ofertas pierda importancia frente a los alardes publicitarios y la imagen de unos políticos dispuestos a casi todo para caer bien al elector. Los ideales deben quedar a salvo de los alardes propagandísticos.