Matar en nombre de Dios

Los terroristas no razonan como personas normales. Ni siquiera precisan de muchos pretextos para matar. Son asesinos por convicción. La destrucción de las Torres Gemelas precedió a nuestra intervención en Afganistán para capturar a Bin Laden. Algo que hoy puede juzgarse como reacción precipitada, desproporcionada y, en definitiva, errónea. Sólo después vinieron la guerra de Irak, aduciendo el peligro de unas inexistentes armas de destrucción masiva en poder de Husein, y el apoyo a unas supuestas primaveras árabes en Siria y otros países musulmanes.

Sadam Husein era un dictador, sanguinario incluso, pero entonces los iraquíes no abandonaban masivamente su patria. Y algo similar podría decirse de la Siria de Bashar al-Asad. Ni había millones de sirios en el exilio ni nadie se jugaba la vida para llegar a la Unión Europea. Los dirigentes de Bagdad y Damasco tampoco llevaron el terror a Occidente. Todo fue a peor cuando movimos ficha innecesariamente, y menos mal que el ejército recuperó el poder en Egipto.

Habíamos visto con cierto distanciamiento las atrocidades del Estado Islámico hasta que los recientes atentados en París nos han abierto dolorosamente los ojos. Ahora sabemos, aunque sea tarde, que estamos en una guerra que no ganaremos recurriendo sólo a las incursiones aéreas. Lo malo es que los enfrentamientos sobre el terreno suelen producir bajas en los dos bandos.

Hay libros religiosos, y el Corán es uno de ellos, que pueden decir una cosa y la contraria según por donde se abran. La exposición del mensaje no es siempre rectilínea. Se habla de amor, pero los infieles, herejes o no creyentes son un caso aparte. El Papa Francisco lleva toda la razón cuando dice que matar en nombre de Dios es una blasfemia, pero durante las guerras de religión europeas se cometieron las mayores barbaridades en nombre de Dios y, más exactamente, del mismo Dios. Y ahí está la noche de San Bartolomé. La matanza de judíos fue también un fenómeno recurrente en el este de la cristiana Europa. Y la Biblia nos cuenta cómo el pueblo escogido por Dios pasó a cuchillo a toda la población de Jericó para mejor disfrute de la ciudad prometida. Y así sucesivamente.

Dejando de lado la historia, el problema actual consiste en que los principios liberales de la revolución francesa, hoy asumidos en la mayor parte de los países de occidente, no han tenido igual acogida en un Islam que no sólo sigue anclado en otros tiempos sino que en algunos lugares ha experimentado una involución extrema. El Presidente francés no ha dudado en hablar de guerra, siendo así que la agresión a un país de la OTAN lo es también contra todos sus restantes miembros. Ahora veremos si, más allá de los pactos antiterroristas y las muestras verbales de solidaridad, los europeos estamos dispuestos a pagar el precio que toda guerra comporta.