Inmigración selectiva

Ningún Estado puede permitirse una política de puertas abiertas como si no existieran las fronteras. Ni en relación con las personas individualmente consideradas ni, menos aún, si así puede hablarse, cuando se cuentan por centenares de miles quienes buscan una nueva patria con mejores condiciones de vida que en sus lugares de procedencia. Todo tiene un límite, también la capacidad social, cultural y económica del país de acogida. Repárese, además, en que aquellas cifras sólo son la vanguardia de un fenómeno con inagotables reservas humanas en el tercer mundo y en zonas conflictivas del segundo.

El control de las fronteras externas en los países periféricos de la Unión Europea es, de otro lado, una obligación ineludible por nuestra pertenencia a la misma. Así lo hemos recordado una y otra vez los españoles para pedir ayuda por la especial situación de Ceuta y Melilla. No tuvimos empacho en blindar materialmente esas fronteras mucho antes de que Hungría hiciera lo mismo a lo largo de centenares de kilómetros para evitar el libre y caótico acceso de oleadas de refugiados. Entonces, olvidando aquel precedente, al gobierno de Budapest le llamamos de todo, desde ultranacionalista a xenófobo.

La generosidad de Alemania es muy loable, pero produce un efecto llamada y tropieza con los intereses de otros países que no tienen por qué renunciar a sus políticas de inmigración conforme a sus propias circunstancias. La situación laboral no es igual en los países del centro y el norte de Europa que, por ejemplo, en España. Incluso en la misma Alemania se han ido multiplicando las voces críticas a las decisiones de Angela Merkel en esta materia, y no sólo por parte de sus aliados del CSU. Y el coste en la popularidad de la Canciller se recoge claramente en las encuestas.

Llama la atención, por último, que los refugiados procedentes de Irak o Siria sean mejor recibidos en la Unión Europea que los subsaharianos que acampan ante las verjas de Ceuta y Melilla. Quizá la explicación provenga de que gracias a nuestro equivocado apoyo a unas supuestas primaveras democráticas en Oriente Medio y el norte de África, aquellas tierras sean hoy más inhabitables que nunca. Algunos refugiados son más “nuestros” que otros.