Sobre la violencia de sexo

concentración en Cuenca

El asesinato de otras tres mujeres por sus parejas en los últimos días me anima a escribir algunos comentarios. Empecemos con las órdenes de alejamiento. Pueden ser eficaces para evitar el maltrato más o menos cotidiano, pero poco valor tienen como medio disuasorio para un asesino en ciernes. A quien acepta de antemano una condena de hasta 25 años de prisión poco le importan unos meses más por el quebrantamiento de esa orden o por utilizar una pistola para la que carece de licencia y guía. También ocurre con frecuencia que, según lo planificado, el asesino se suicida tras cometer el crimen. Esto obliga a profundizar en las raíces del problema para prevenirlo a su debido tiempo.

En lugar de insistir en el mensaje erróneo de que la mujer no miente nunca y, por ello, todo denunciado merece pasar alguna noche en el calabozo antes de ser presentado al juez, sería aconsejable la elaboración de algún estudio serio sobre aquel y otros aspectos relevantes de esta particular violencia. Quizás haya quien sólo ha eludido aquel castigo automático por su fuero o personalidad pública. Y nada como la sensación de ser víctima de una injusticia para atizar fuegos en lugar de sofocarlos.

La verdad es que la mal llamada violencia de género, confundiendo éste con el sexo, no amaina pese a los esfuerzos del legislador (no sólo del legislador penal), de las autoridades, de la policía y de muy diversas asociaciones privadas o próximas a las administraciones públicas. Los observatorios surgieron como setas después de la lluvia, pero quizá no hayan jugado el papel que cabía esperar de los mismos más allá de la recogida de datos y el dar consejos bien intencionados.

El número de mujeres muertas a manos del varón despechado, rencoroso o machista radical no ha disminuido pese a tantas y tan variadas medidas como se han puesto en práctica en los últimos años. El problema no se soluciona ni animando a la víctima para que denuncie a la primera, según se repite en lenguaje coloquial, ni multiplicando unas órdenes de alejamiento hasta cifras que escapan de cualquier control medianamente serio ni, menos aún, acudiendo a la presunción de culpabilidad del varón. Sostener que la mujer nunca miente es una afirmación incompatible con el derecho de todo acusado a tener un juicio justo. Los jueces saben muy bien el especial cuidado con que hay que valorar las declaraciones de denunciante y denunciado en los delitos contra la libertad sexual.

En la lucha contra esta abominable lacra no existen atajos. Tal vez haya llegado el momento de repasar con espíritu crítico cuanto se ha hecho hasta ahora. Aunque se hayan logrado avances muy importantes, siempre habrá algo mejorable o que debiendo hacerse, no se hizo. Alguna pieza falla en la maquinaria de nuestra lucha contra una criminalidad que en su peor forma, el asesinato de la mujer, parece compartir el “efecto contagio” de los suicidios. Otra cuestión que no ha recibido la atención que merece.

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