El tercer rescate de Grecia

Grecia necesitará ochenta y seis mil millones de euros en los próximos tres años, más del doble de lo previsto en el pasado mes de abril. El Fondo Monetario Internacional manejaba la cifra de cincuenta mil millones de euros a primeros de junio y los cálculos del Gobierno griego eran de cincuenta y tres mil quinientos millones hace sólo siete días. Las largas negociaciones y la pérdida de confianza de los restantes países de la Eurozona en las palabras de Tsipras, primer ministro griego, y de su ministro de finanzas Varoufakis contribuyeron no poco a debilitar la posición de Atenas. La primera ministra de Alemania, Angela Merkel, así lo ha reconocido públicamente tras llegarse, por fin, a una solución más o menos satisfactoria para todos.

El acuerdo alcanzado por unanimidad de los jefes de Estado y de Gobierno parece que obtendrá la aprobación del parlamento griego el próximo miércoles. Es de esperar igualmente que no tropiece con la oposición de otros parlamentos europeos mucho más reticentes que la propia Alemania a la hora de renovar las ayudas a Grecia. Entre ellos los de Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Holanda y Austria. La dignidad y la soberanía no son un privilegio de Atenas. De ellas participan todos los demás países implicados en el rescate. Los griegos son muy libres para decidir sobre lo que hagan o quieran hacer, pero respetando siempre la también libre voluntad del prójimo.

La sorpresiva convocatoria de un confuso referéndum sobre el principio de acuerdo al que acababa de llegarse, afectó muy negativamente a la credibilidad de Atenas, sobre todo porque el propio Gobierno se encargó de propugnar el “no” sin reparar en sus consecuencias. El problema no podía solucionarse con un acto unilateral de voluntad. Seguía siendo necesario el apoyo económico de la Eurozona para no tener que abandonar el euro como episodio inevitable del caos económico que acompañaría al fracaso definitivo de las negociaciones. Y, según se dijo, debatiendo ahora en una atmósfera ahora de mayor desconfianza. El resultado ha sido la imposición de más gravosas condiciones en una actuación contra reloj que culminaría con el tercer rescate de Grecia.

Las promesas de Tsipras a sus compatriotas no se han cumplido. Tan difícil es sanear sin sacrificios la economía de un país como cocer sin agua. Véanse los ejemplos de Portugal, Chipre, Irlanda y la propia España. No hay acreedor dispuesto a seguir prestando a fondo perdido, ni siquiera a Grecia. Se habla de que pronto habrá nuevas elecciones en ese país. Es lo mínimo que puede suceder tras la pésima gestión de tan gravísima crisis por parte de sus actuales gobernantes.

Confiemos en que esta tragicomedia griega -más tragedia que comedia-, sirva como aviso de navegantes a quienes, entre nosotros, creen más en las pócimas milagrosas de los curanderos que en la medicina y la cirugía académicas.