La crisis griega

El “no” en el referéndum griego hará que las conversaciones con la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional se reanuden poco menos que desde cero. Los acuerdos ya logrados se habrían volatilizado con la inesperada iniciativa del Gobierno de Atenas. Todo vuelve a ser objeto de negociación, y ahora en una atmósfera más tensa y más cargada de reproches mutuos. Los unos, han visto una traición en el proceder griego. Y los otros han apelado a una dignidad nacional que nadie ha pretendido ofender. Los deudores deberían reafirmar su dignidad pagando las deudas o haciendo, al menos, todo lo necesario para ello.

El planteamiento del problema, una vez retirada la hojarasca, se reduce en esencia a que los griegos nos mintieron con sus cuentas y han vivido por encima de sus posibilidades. De ahí las deudas y la oposición de los acreedores a prestar un euro más sin unas mínimas garantías de devolución. La situación es muy dolorosa, pero la responsabilidad recae sobre los griegos y no sobre quienes les hemos ayudado económicamente en el pasado. Los acuerdos no se cierran con chantajes sino con argumentos. Yo debo y necesito más dinero. Si no me lo das, atente a las consecuencias, porque mi salida del euro te perjudica también a ti. Naturalmente, hablamos de los ahorros del prójimo.

Demonizar a Frau Merkel, comparándola con Hitler es tan absurdo como introducir en el debate, no con Alemania sino con toda la Eurozona, la cuestión de las reparaciones por la Segunda Guerra Mundial de 1939 a 1945. Tampoco es de recibo el intento de compensar la deuda con la aportación cultural de la Antigua Grecia al mundo occidental. Estos alegatos suenan en el presente contexto como excusas de mal pagador. La solución del problema, fundamentalmente económico, ninguna relación guarda con tales consideraciones.

¿Y ahora qué? Pues ahora se pedirá una baraja nueva para seguir jugando. Con todo, una cosa puede darse por segura. La hipotética salida del euro sería una tragedia para Grecia pero no ocurriría lo mismo en los restantes países del euro. La economía helénica lo tiene ahora más difícil que antes del referéndum. A los restantes ciudadanos de la Eurozona les corresponde decidir si prestan o no sus dineros a fondo perdido. O casi. Un dinero que sale también del bolsillo de todos los españoles, pues no sólo del IRPF se nutre el erario público.