Nuevos suspiros de la España cañí

Nuestro diario monárquico por antonomasia, el ABC, daba el pasado día 5 una curiosa noticia sobre Felipe Juan Florián de Todos los Santos, primogénito de la infanta Elena y Jaime de Marichalar. El joven, que pronto cumplirá 17 años, intentó saltarse la cola ante la montaña rusa “El Abismo”, en el Parque de Atracciones de Madrid. Hasta ahí todo relativamente normal. Lo malo es que el tramposo trató de justificarse con el argumento de ser la cuarta persona en la sucesión del trono de España. Y luego, cuando un niño de aspecto oriental insistió en afearle su conducta, el listillo le replicó con un “tu cállate, p... chino”.

Cierto presidente del Gobierno de España se preguntaba en su día (recuérdense el GAL y la financiación delictiva de algún partido político) si no había nadie que les dijera a los jueces lo que tenían que hacer. Ya saben, las orejas indiscretas que oyen lo que no debieran. Hoy la pregunta es otra. ¿Tan difícil es educar un poquito al bueno de Felipe Juan Froilán de Todos los Santos?

Cambiando de tercio, pero sin salir del mismo periódico. María José Carrascosa, casada con un ciudadano de Estados Unidos, fue condenada en dicho país por un delito en relación con la custodia de los hijos habidos en común. Acaba de obtener la libertad condicional tras pasar ocho años en la cárcel y confía en que se le permita cumplir este último periodo de la pena en España.

El disparate llega cuando los padres y la hermana de María José solicitan del Ministerio de Asuntos Exteriores el envío de un avión especial para su rápido regreso a casa. Final de la cita. No bastaría con un billete en vuelo regular, clase turista o de bajo costo. María José Carrascosa habría sido condenada injustamente y tendría derecho a que nuestro gobierno se solidarizara con ella, aunque fuera por la vía indirecta del avión particular. Sabido es que la inmensa mayoría de los españoles condenados por tribunales extranjeros son inocentes. Al menos, según ellos mismos, sus parientes y sus amigos.

Y como no hay dos sin tres, añádanse los consejos que el diestro o exdiestro Ortega Cano, reo de delitos por homicidio imprudente y embriaguez al volante, se ha dignado a dar a nuestra clase política. Toda una lección de pactos y tolerancia por el bien de España. Podría ser una muestra de generosidad para celebrar la obtención del tercer grado penitenciario con el consiguiente régimen abierto o de semilibertad.

Estamos acostumbrados a que cualquier personaje o personajillo público, sea cantante o haya llegado por otro camino a las revistas del corazón, imparta doctrina sobre moralidad, economía, filosofía, solidaridad y cualquier otra materia por la que se le pregunte (e incluso sin que se le pregunte siquiera).

El zapateado del bailaor, las chicuelinas del maestro o los goles de tal o cual futbolista serían la mejor garantía de sus enciclopédicos conocimientos. Alguno de ellos quizá no sepa hacer la o con un canuto o expresarse en pasable castellano, pero eso no importa, como tampoco que su patriotismo choque a veces con su conducta como defraudador de hacienda.

La España cañí -no quiero hablar de la España eterna- sigue gozando de muy buena salud pese a la Unión Europea y otros inventos del siglo XXI.