El Papa, el Vaticano y la Santa Sede

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Todavía quedamos bastantes españoles formados o deformados por el nacionalcatolicismo de los tiempos de Franco, cuando no había libertad para el error, cuando se negaba la absolución a quien defendiera la separación plena entre la Iglesia y el Estado y cuando en el sexto mandamiento no había parvedad de materia, lo que en castellano vulgar significaba que cualquier mal pensamiento se castigaba con el fuego eterno. Todo un trauma para cualquier adolescente.

Las nuevas generaciones esbozarán una sonrisa de incredulidad, pero las cosas fueron efectivamente así. Al final de la misa se rezaba por nuestro “duce” Francisco, que no era sólo el general victorioso de la guerra civil, sino también el vencedor en una Santa Cruzada, lo que justificaría su solemne entrada bajo palio en cualquier templo que se dignara visitar. Se pedía la libertad religiosa para los países del Este, pero no para España, donde ya no hacía falta, tampoco en lo político.

Los tiempos han cambiado y el componente temporal de la Iglesia explicaría y disculparía algunas viejas actitudes y complacencias que desearíamos olvidar. Lo pasado, pasado. Los católicos tenemos derecho, sin embargo, a que se nos aclaren algunas cuestiones que, perteneciendo al núcleo fundamental de nuestra moral católica y aun de nuestra fe, suscitan hoy más dudas que nunca. Empezaremos por los ejemplos relativos al sexto mandamiento de la Ley de Dios, quizás los de exposición más sencilla.

¿Son pecado mortal los pensamientos eróticos fuera del matrimonio? ¿Lo es el uso del preservativo para evitar la procreación? ¿Lo son las relaciones íntimas extramatrimoniales por mucho amor que haya en la pareja? ¿Y qué ocurre con los homosexuales? En Alemania está de actualidad estos días la posibilidad de que sus enlaces, aunque no sean matrimonio, se bendigan en las iglesias. ¿Siguen siendo pecados el comunismo, el socialismo, el liberalismo y otros “ismos” incorporados a los catecismos de mi generación? ¿Y la masonería? ¿Continúa siendo cierto que no hay salvación fuera de la Iglesia? ¿Ya no hay pecadores públicos, incluido el ámbito de la corrupción económica, a los que se niega o debería negarse la participación igualmente pública en determinados sacramentos? ¿No se tiene un poco olvidada la condena del aborto?

A esas preguntas sólo puede responder el Papa. La política es otra cosa. Ahí las opiniones del Obispo de Roma poco tienen que ver con el Espíritu Santo. Acertará o no en sus decisiones como los presidentes Obama, Putin o Aznar en las suyas. El reconocimiento del Estado Palestino, gobernado por el “ángel de la paz” Mahamud Abbas, pudiera ser un error que no sirva siquiera para mejorar la situación de los cristianos en el Oriente Medio. Pero esa es una de esas cuestiones que escasa relación guardan con la fe y la moral de los fieles católicos.

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