Andalucía: hora 25

Andalucía es una de las regiones más ricas y también una de las más bellas de España. Tierras fértiles y un atractivo turístico de primer orden que combina el clima y las playas con una oferta cultural única. Y tiene, quizá por encima de todo, unas gentes dispuestas a arrimar el hombro y ganarse la vida con cualquier trabajo justamente retribuido. Y si puede ser lejos de los últimos rescoldos de un señoritismo trasnochado, pues mejor aún.

Cataluña sabe muy bien cuánto debe a la capacidad y al esfuerzo de tantísimos andaluces que encontraron allí las condiciones precisas para ofrecer a sus familias un futuro digno. Los andaluces no cambiaron al coger el tren o el autobús con apenas un par de bultos y maletas. Sólo cambiaron las circunstancias. Después vinieron las fábricas y los servicios de media Europa. Trabajadores ejemplares siempre que se les dio la oportunidad de serlo.

Si todo lo anterior es cierto, como lo es, resulta doblemente doloroso que Andalucía continúe siendo la región o nacionalidad más atrasada y con mayor paro de toda España. De la comparación con el resto de los países la Unión Europea más vale no hablar. Andalucía ha sido durante décadas el escenario de una corrupción omnipresente con los “EREs”, los cursos de formación para los parados (supuestamente) y otras muchas actividades oficiales que sirvieron en primer término para enriquecer a un buen número de sus gestores políticos.

Juegos de magia al más alto nivel. Nada por aquí, nada por allá. De las astronómicas cifras de euros venidos de toda España y del resto de la Unión Europea no queda ni rastro. Nadie sabe nada, empezando por los propios magos y sus más estrechos colaboradores.

Hoy parece que, por fortuna, existe un cierto consenso entre la clase política andaluza para dejar atrás los largos años de esa corrupción modélica en su clase. Se exigirán responsabilidades políticas adelantándose incluso a lo que puedan decir los tribunales, sólo en el ámbito penal, con muchos años de retraso. Todos los españoles, y no sólo los andaluces, estamos hartos de promesas incumplidas, de regeneraciones siempre aplazadas y de palabras huecas. El tiempo se acaba y es más fácil votar, aunque sea tapándose la nariz, cuando se cree posible el cambio hacia un futuro más limpio.

La normalidad no se alcanzará, sin embargo, hasta que no desaparezca el fenómeno de esas zonas que tienen un cuarenta y cinco por ciento de paro local mientras que los emigrantes rumanos marroquíes o senegaleses trabajan el campo. Tal vez se paguen jornales de miseria. No lo sé, pero me gustaría que los organismos competentes nos dieran su versión y, si pueden, una explicación sobre este particular.