Las reliquias de Santa Teresa

Las reliquias hicieron furor hace algunos siglos. Una buena reliquia no tenía precio. Se las disputaban los reyes, los príncipes de la iglesia, los monasterios, las abadías y hasta las ciudades. La fe del carbonero y un poquito de superstición jugaron su papel en una devoción entreverada de intereses mundanos. Se coleccionaban reliquias verdaderas y falsas, más de las segundas que de las primeras, y algunas de ellas se convirtieron en saneada fuente de ingresos para el afortunado poseedor y su entorno.

Hay reliquias para todos los gustos. En el Landesmuseum de Zürich se expone un relicario de plata, en forma de pie y media pantorrilla, para los huesecillos de los Santos Inocentes. Parece que en la catedral de Colonia se guarda una arqueta con reliquias de los Reyes Magos, los mismos cuyas coronas figuran en el escudo de la ciudad. Yo vi años atrás, en una sala del Ayuntamiento de Aquisgrán, los cíngulos de la Virgen María, San José, San Joaquín y Santa Ana, entre otros. En una catedral española se conservarían una sandalia del Pescador y algunas de las monedas que Judas recibió por su traición. Y así sucesivamente.

El panorama de las reliquias de los santos en general no es muy distinto en variedad y escasas garantías de autenticidad. Al interesado en estos temas les recomiendo la lectura de “Las llaves de San Pedro” del diplomático francés Roger Pyerefitte, destinado muchos años en Roma. El libro es muy entretenido y, aunque no todo lo que cuenta sea artículo de fe, aporta numerosos datos comprobables. El relato de las dos pretendidas cabezas de Santo Tomás de Aquino es un ejemplo de lo que ocurría, o al menos podía ocurrir, en aquellos tiempos.

Quizá me haya extendido demasiado en lo que sólo sería un introito para llegar a las reliquias de Santa Teresa de Jesús. Cuando visité su basílica en Alba de Tormes, donde reposa su cuerpo incorrupto, me contaron que al cadáver le faltaba el dedo de un pie porque una monja se lo habría arrancado de un mordisco. Y también sabía que al generalísimo Franco le acompañó toda la vida un relicario de cristal con un antebrazo de la Santa. Pero no me hubiera decidido a escribir estas líneas si no hubiera leído en un periódico de tirada nacional lo que para la integridad física del cuerpo de esta doctora de la Iglesia significó el culto de las reliquias. Según recoge el diario, auxiliado del correspondiente dibujo, en Roma estarían una parte de su mandíbula superior y su pie derecho (no se indica si en un mismo lugar o en lugares distintos). El ojo izquierdo y la mano derecha se encontrarían en Ronda. La mano izquierda, en Lisboa. Y el corazón y el brazo izquierdo en Alba de Tormes.

Como la devoción a las reliquias ha remitido mucho y, de otro lado, el “descanse en paz” (RIP) no se compagina bien con los repartos de restos mortales, quizá el mejor homenaje que pudiera rendirse a Santa Teresa de Ávila fuera reunir todas las reliquias en Alba de Tormes. Se supone que la bienaventuranza sobre el entierro de los muertos se refiere a su totalidad. Y, naturalmente, hoy nadie puede imaginarse que lo sucedido con Santa Teresa pudiera repetirse con quienes fueron proclamados santos en los últimos años. Los tiempos cambian y no siempre para mal.