Más allá de Andalucía

José Luis Rodríguez Zapatero no llegó a la Moncloa por méritos propios, sino porque el Partido Popular se hundió con la tragedia del 11M. Tampoco Mariano Rajoy tuvo que esforzarse demasiado para llegar a la Presidencia del Gobierno. Su predecesor se había convertido, sin ayuda de nadie, en la imagen perfecta del político de verbo fácil pero incapaz de enfrentarse a la realidad. Y es probable que pronto tengamos la tercera edición de lo mismo: unos gobernantes que pierden toda su credibilidad y son sustituidos, casi automáticamente, por sus adversarios políticos en un régimen bipartidista donde no hay mucho que escoger.

El relevo se ajustaría esta vez al viejo guion pero con matices nuevos por la irrupción de dos partidos, Podemos y Ciudadanos, nacidos precisamente para recoger el voto de quienes se sienten defraudados por el Partido Popular y por el Partido Socialista Obrero Español. Se equivocó Rodríguez Zapatero cuando quiso vendernos aquello tan bonito de que la crisis financiera nunca llegaría a España. Y Mariano Rajoy ha roto una tras otra sus promesas electorales, desde la reducción de impuestos hasta el olvido absoluto de la regeneración pública, pasando por una mayor politización del Consejo General del Poder Judicial (a costa de la división constitucional de Poderes), la renuncia a una nueva ley sobre el aborto y la asunción de la política del PSOE en materia de terrorismo. Es más que dudoso que la incipiente mejora de la macroeconomía sirva para contrarrestar la rotura metódica de sus compromisos concretos.

Lo que ha ocurrido en Andalucía puede repetirse en el resto de España. Hay muchas gentes que comparten el ideario del gran partido español de centro derecha, pero que ahora se sienten traicionadas. Optarán por quedarse en casa o votar a Ciudadanos, un partido político sin el estigma de una corrupción tan generalizada como supuestamente ignorada por quienes debían haberla evitado. El nuevo partido, estúpidamente ninguneado desde el propio PP, trae caras nuevas, una mayor cercanía a los ciudadanos y una cierta humildad que echábamos de menos.

El Partido Socialista Obrero Español quizá haya frenado su caída con el rejuvenecimiento de sus cuadros directivos. Da también la impresión de haber reconocido finalmente la enorme gravedad de la corrupción en Andalucía y aceptar de antemano el fallo de los tribunales. Y esto ocurre cuando el juez Ruz considera en un auto bien motivado que las responsabilidades del caso Bárcenas no sólo afectan a esa persona sino también a quienes se han aprovechado de la existencia de una caja B en la contabilidad para pagar en dinero negro algunos gastos del Partido Popular, algo que continúan negando en la calle Génova.

La etapa de Rodríguez Zapatero fue una dura herencia para un PSOE que, sin embargo, ha conseguido cambiar y rejuvenecerse. Una amenaza similar se cierne ahora sobre el PP, cuando el tiempo apremia. Mariano Rajoy sería un genio en la administración del tiempo, según sus seguidores. Pero lo malo es que ese tiempo es cada día más escaso.