Los restos de don Miguel

Durante siglos habíamos creído que don Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares y murió en Madrid. Luego resultó que algunos eruditos, como en el caso de Cristóbal Colón, se empeñaron en situar su nacimiento en otro sitio, sea Galicia o Cataluña. No es que hayan aportado muchas pruebas, pero sí las suficientes para seguir polemizando sobre la cuestión “per secula seculorum”, lo que ya es bastante.

Con el lugar de fallecimiento no ocurrió lo mismo, aunque seguramente no por falta de ganas. Es que resultaba imposible luchar contra lo bien documentado. No sólo sabíamos que don Miguel habría muerto en Madrid, sino también que fue sepultado en el Convento de Las Trinitarias, a la vuelta de su casa, como quien dice. Y que allí seguía.

La novedad es que queríamos identificar sus restos, suponiendo que todavía los haya. Se creó un equipo interdisciplinar y se empezó a trabajar “in situ”, pasito a pasito y con las debidas licencias municipales y eclesiásticas. El presupuesto inicial, como suele ocurrir en esta España nuestra, pronto se nos quedó corto, pero nunca faltará el dinero suficiente para que la investigación no decaiga en el futuro. Esto no ha hecho más que empezar.

Uno de nuestros rasgos nacionales consiste en la mayor preocupación por los muertos que por los vivos y ahora podemos ponerlo al servicio del turismo, combinando así el homenaje a la memoria de don Miguel con un negocio similar al de las viejas reliquias. El nuevo itinerario para visitar la urbe incluirá la visita del recinto y la contemplación de un hueso o dos por un módico precio.

De otro lado, se abre la polémica sobre si los elementos de juicio tenidos en cuenta por el equipo investigador son en verdad suficientes para una identificación sin ADN. Discutirán los especialistas españoles y extranjeros, así como los omnipresentes tertulianos, que son siempre los mejor informados. Y algún dinerillo nos dejará también don Miguel por esta vía como premio a nuestros desvelos.

Quizá estemos oficialmente ante un gran evento cultural, pero uno, que es algo antiguo, piensa que a los muertos hay que dejarlos en paz. Ahí tenemos el DEP y el RIP como recuerdo cotidiano. Las bienaventuranzas se referían al entierro de los muertos, y no a su desentierro. Y si no bastase, recuérdese el epitafio en la tumba de William Shakespeare: “Buen amigo, abstente, por Jesús, de remover el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos”.