Gil Braltar, Cervantes y el primo de Zumosol

Gil Braltar es el título de una novela corta de Julio Verne en la que el protagonista, un español de ese nombre, pretende reconquistar el Peñón con una argucia de su cosecha. Vestirá una piel de mono y encabezará la rebelión de los simios gibraltareños contra los invasores ingleses. Verdad es que la idea no prosperó, pero también es cierto que ninguna otra ha corrido hasta ahora mejor suerte.

Viene esto a cuento de las cambiantes políticas con las que no hemos conseguido el menor avance, antes al contrario, en la resolución de un problema que ya ha cumplido los trescientos años. Su origen está, conviene recordarlo por eso de las luchas fraticidas, en nuestra Guerra de Sucesión con dos pretendientes al trono de España. Ganara quien ganara, nosotros correríamos con los gastos. La cesión de Gibraltar fue parte de los mismos.

Desde 1714 la colonia ha ido extendiéndose por la debilidad de España en el concierto de las naciones (mejor no hablar de los conflictos bélicos) y también por su política errática según el gobierno de turno. Pero el mayor obstáculo para la descolonización de la Roca es hoy el rechazo de los propios gibraltareños, porque Inglaterra se parapeta tras ellos para no atender nuestras demandas. Y nosotros olvidamos que es Londres y no Gibraltar quien tiene la última palabra en la solución del problema. El escenario recuerda, paradójicamente, nuestras corridas de toros: el noble animal atiende a la capa o a la muleta, mientras se olvida del torero.

La experiencia demuestra que el rechazo de la soberanía española por parte de los gibraltareños aumenta con cualquier medida que pueda afectar a su buena vida. El cierre de la frontera fue contraproducente. Otra cosa es que, si fuera factible pese a nuestros compromisos con la Unión Europea, tal medida mereciera ser reconsiderada en términos de dignidad nacional.

Lo absurdo es ahondar más las diferencias, en este caso culturales, entre gibraltareños y españoles con el cierre de la sede del Instituto Cervantes en la colonia, sobre todo cuando el local fue puesto graciosamente a nuestra disposición por un gibraltareño. El castellano era la lengua común en el Peñón hasta que durante la Segunda Guerra Mundial hubo que evacuar a sus gentes hacia Londres u otros puntos del Imperio Británico. Las nuevas generaciones crecieron así con el inglés como única lengua. Ahora les castigamos quitándoles las clases de español. De Moratinos a García-Margallo. Y hasta la próxima ocurrencia.

En buena lógica debiera ser Londres la verdadera diana de nuestras quejas, pero a tanto, afortunadamente, no llegamos. El ministro principal de Gibraltar tiene en las riveras del Támesis un primo como el mozalbete de Zumosol. Es ese pariente quien impone la ley del más fuerte en las aguas que rodean a la Roca. El mismo que, además, se adorna con la chicuelina del tribunal internacional o la mediación para aclarar los límites de la colonia. Nuestra respuesta sigue siendo que o descolonización o nada. Convendría preguntarse si esa es la actitud más acorde con nuestros intereses. Porque la descolonización va para largo.