¿Un Papa demasiado humano?

“Para ser buenos cristianos no hace falta tener hijos como conejos”. Pocos católicos discreparán de esta reciente afirmación del Papa Francisco, pero convendría decir cómo. ¿Practicando la castidad? ¿Recurriendo al método Ogino, que tanto ha contribuido al aumento indeseado de la población? ¿O al "coitos interruptus”? ¿O a otros medios anticonceptivos cuyo uso ya no sería pecado mortal y, consecuentemente, no conduciría al infierno eterno?

No es la primera vez, y probablemente no será la última, en la que la espontaneidad del Santo Padre suscita preocupantes preguntas al hilo de viejos problemas. Así, cuando habla del posible acceso a la comunión por parte de las personas casadas que cambiaron de compañero sentimental. No se trata de si hay más razones a favor o en contra de tal posibilidad. Sólo se recuerda que hasta ahora era también pecado grave cualquier yacimiento u otro acto de contenido sexual fuera del matrimonio, y que su perdón pasaría necesariamente por la confesión con dolor de corazón y propósito de enmienda.

Decía también el Papa Francisco que la Iglesia tiene mayores problemas que los suscitados por la homosexualidad y hasta aventuraba que algunas virtudes podrían estar más extendidas en ese colectivo que entre los heterosexuales. Tampoco ahora se discute si el Papa Francisco tiene o no razón (recuérdense, por ejemplo, los muchos homosexuales destacados en el mundo de las artes). Lo que realmente importa al mundo católico, y en particular a los católicos de a pie, se reduce a una simple pregunta. ¿Continúa siendo pecado mortal, no perdonable sin la confesión, etc. etc., la relación carnal en aquellas parejas?

En otro orden de cosas, ¿fue oportuno y conveniente que el Papa Francisco descendiera en su día al plano político para decir que no era de derechas? Poco después hubo de aclarar que tampoco era marxista. Nos quedan, por exclusión, el centro o, quizá mejor, el centro izquierda. Los Papas anteriores se habían limitado a condenar las doctrinas contrarias al Evangelio en cualquier ideología o movimiento político.

Y es que las dificultades suelen presentarse cuando ya se ha entrado, sin posible retorno, en el peligroso jardín. Valga otro ejemplo. Decía el Papa Francisco, ante la tragedia de muchos inmigrantes ahogados cerca de la isla de Lampedusa, que aquello era una vergüenza, y de nuevo tenía razón. Lo malo es que sus palabras parecían contener un reproche apenas encubierto a las autoridades italianas o a las europeas en general. ¿Cómo habría resuelto la Iglesia el problema de los inmigrantes ilegales con rumbo a las costas de los Estados Pontificios?

Aún quedan personas que viven o vivieron, no sin dificultades, conforme a unas enseñanzas religiosas que se nos presentaron como inalterables en lo fundamental. Y aquí no hablamos de modas sino de cuestiones relacionadas con la salvación de los creyentes. ¿Tendrían efectos retroactivos los cambios que se nos anuncian? ¿Quién indemnizaría a las víctimas de nuestro nacional-catolicismo, permitido cuando no inspirado y respaldado desde la propia Santa Sede?

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