La inocentada del salario mínimo

No sé si la noticia se produjo el 28 de diciembre, pero bien pudiera ser una inocentada. Dicen que sus artífices, sus verdaderos padres, habrían sido el Gobernador del Banco de España, Luis María Linde y el ministro de Economía, Luis de Guindos. Será verdad, aunque así, a bote pronto, uno piense más en el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, muy dado a la sonrisa picarona cuando nos saca el dinero de los bolsillos, especialmente si las víctimas pertenecen a la clase media y de ahí para abajo.

Consolidado el inicio de la recuperación económica de España, según nos predican, y próximas las elecciones autonómicas de 2015, se comenta que el aumento del salario mínimo habría llegado al 1% si los deseos de la ministra de Trabajo, Fátima Báñez no se hubieran encontrado con la oposición de aquellos señores, temerosos de que una mayor subida salarial pudiera frustrar el despegue definitivo de las finanzas españolas.

No es que el 1% barajado fuera como para tomarlo muy en serio y agradecerlo tirando cohetes, pero con él se habría evitado, o dificultado al menos, la sensación de estar ante una cruel inocentada. Debe celebrarse por ello, desde el punto de vista de la amarga chirigota, que finalmente el salario mínimo que tantos españoles disfrutan y otros tantos codician sólo se incremente en un 0,5%. Después de todo, la subida se materializa en 3 euros al mes, incluido el de febrero aunque el año no sea bisiesto. Se parte de un salario mínimo de 645,30 euros.

Nadie discute que la vida sea más llevadera con casi un euro nuevo cada semana. Además, como ocurre con la lotería nacional, los premios pueden repartirse, desde el gordo a la pedrea, entre los diferentes miembros de la familia del agraciado.

Quizás sólo haya algo peor que el quiero y no puedo: considerar que los ciudadanos son tontos. Recordamos muy bien cómo el Estado invirtió decenas de millones de euros para compensar el descomunal desfalco de quienes, nombrados a dedo por los políticos de turno, ahí siguen, la mayoría en la calle y disfrutando del botín. Otro buen ejemplo de discriminación positiva son los defraudadores de Hacienda. En el peor de los casos, si les cogen, evitan la cárcel pagando las multas con parte de lo defraudado.

Es seguro que los responsables de esta inocentada nunca pretendieron ofender a la clase trabajadora, pero objetivamente lo han conseguido. En resumen, un nuevo error que llevará más agua al molino de Pablo Iglesias.

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