Sobre la corrupción: 1. La Corrupción sistémica

El adjetivo sistémico estaba olvidado entre las páginas del Diccionario de la Real Academia hasta que alguien lo descubrió y puso de largo en nuestro lenguaje político-tertulianés. Más o menos como ha ocurrido con los emprendedores cuando parecía que ya con los empresarios, aunque fuera en ciernes, teníamos bastante. Pero, volviendo a dicho calificativo, resulta que su primera acepción es “perteneciente o relativo a la totalidad de un sistema”. Padecemos, pues, una corrupción que no es sólo vertical, horizontal, transversal, global, ambiental e institucional, sino también sistémica.

El hallazgo viene muy bien para calificar a la galopante corrupción española del siglo XXI, que supera con mucho a nuestra picaresca tradicional. La corrupción sistémica presenta una dimensión nueva que le da relieve: la profundidad de las raíces entrelazadas. De lo superficial al volumen. De las primitivas tribulaciones de dómines, lazarillos y buscones al saqueo bien organizado de las arcas estatales, autonómicas, provinciales o municipales, sin hacer ascos a los dineros de la Unión Europea.

Todo es aquí sistémico. Los “EREs” andaluces, los negocios oscuros de “Gürtel” y de Bárcenas, los camelísticos cursos de formación, las andanzas de los Pujol, el no sé cuántos por ciento de Cataluña y otros lugares, el latrocinio balear, el valenciano, el enriquecimiento sin ánimo de lucro del Duque de Palma y compañía, la lámpara maravillosa de Aladino (en forma de tarjetas “black”) y el sindicalista multimillonario de las Indias Negras. El uno coloca a su hermana en la empresa del otro. El otro recibe las contratas del de más allá. Éste sabe que al dejar la Administración recibirá un puesto bien retribuido por los favores hechos a esa determinada empresa. La danza se repite ininterrumpidamente. Peor que en Sicilia pero con corbata.

Nuestra corrupción sistémica recuerda a las muñecas rusas. Hay en realidad una corrupción sistémica dentro de otra. Y luego otra y otra. Yo a los palacios subí y a las cabañas bajé, como se recita en el Don Juan Tenorio de Zorrilla. Lo sistémico en estado puro y ejemplarizante. La siesta, la guerrilla y ahora la corrupción sistémica. Convendría patentarla antes de que alguien nos coja la vez.

Pero no es posible seguir escribiendo en tono desenfadado. El diagnóstico de la enfermedad es tan grave que no se cura con aspirinas, antibióticos y algunas píldoras. Hace falta una cirugía rápida y profunda que nos libere, hoy mejor que mañana, del tejido canceroso y también de sus agentes patógenos. Piénsese en los políticos que por acción o por negligencia inexcusable eligieron a quienes nos han robado mientras ellos ni se enteraban ni, al parecer, querían enterarse.

La indignación de todo el pueblo español, así como el descrédito de nuestros políticos y, como consecuencia, de las propias instituciones, ha alcanzado un peligrosísimo grado de presión. Hablar ahora de “unos pocos casos” es, además de una estupidez, un insulto para cualquier persona. Ya no hay tiempo para seguir jugando al avestruz, imitar a Don Tancredo y confiar en que las cosas se arreglen por sí mismas. Si no sabemos actuar como corresponde a un Estado de Derecho, abriremos la puerta a los extremismos de uno u otro signo.