Pedimos información y respuestas

Nuestros partidos políticos aseguran que redoblarán en el futuro su lucha contra una corrupción que, aunque muy puntual (según ellos), atenta contra la buena imagen que la inmensa mayoría de sus dirigentes se habría ganado a pulso. Nos parece estupendo, pero agradeceríamos alguna información sobre el número de casos en que ellos mismos denunciaron los hechos ante el juzgado y aquéllos otros en los que la intervención judicial se ha debido a una esposa despechada o a algún comilitón caído en desgracia. O sea, primero sobre los escándalos ya descubiertos y después sobre los que se descubran en el futuro. Naturalmente, las investigaciones extrajudiciales a toro pasado no valen como prueba de regeneración.

También nos gustaría saber, en la misma línea y dicho con todos los respetos, cuántos sacerdotes sospechosos de pederastia han sido puestos a disposición de la jurisdicción penal de cada país sin esperar a que los escándalos saltasen a los medios de comunicación cuando la jerarquía pensaba que la ropa sucia debía lavarse en casa. Y después, conociendo el comportamiento de las autoridades eclesiásticas en el futuro, veríamos si las cosas habían cambiado realmente.

No acaba de entenderse, de otro lado, qué clase de colaboración pedimos a Europa para reforzar la frontera de Melilla si, como todo indica, no se trata de que nos envíen guardias fronterizos para ayudar a nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Aunque no se diga claramente, quizás sólo se pida alguna ayuda económica para impermeabilizar mejor la valla, elevándola o completándola con nuevos artilugios. Ocurre, sin embargo, que en tal supuesto bien podríamos haber construido nosotros con nuestro propio dinero una valla, un muro o una barrera como Dios manda. Conocimientos técnicos no nos faltan, como demuestra la tarea de algunas empresas españoles en Panamá y en Arabia Saudí. Siempre habríamos podido presentar luego la factura donde procediera y, en todo caso, nos habríamos ahorrado mucha inmigración ilegal y muchos disgustos.

Pero hay otras preguntas que, ya a gran distancia de las preocupaciones anteriores, merecerían asimismo una respuesta. ¿En qué ha quedado la retirada por buceadores o buzos particulares de uno de los setenta bloques de hormigón que los gibraltareños arrojaron en aguas que consideramos nuestras? ¿Es cierto que allí siguen, en las playas o el Puerto de Algeciras, como un ballenato embarrancado con el que nadie sabe qué hacer? ¿Tememos una queja del Reino Unido?

Otra cuestión pendiente. ¿Se ha exigido alguna responsabilidad por el deterioro de la marca España con los vuelos frustrados o accidentados de algunos de nuestros más altos dignatarios, incluidos el rey Juan Carlos y el entonces Príncipe de Asturias, en los cielos de varios continentes? ¿Se abrió al menos un expediente en cada ocasión? ¿Dimitió alguien? ¿O todo fue una serie de malos sueños?

Finalmente, hablando de responsabilidades pero ahora en el ámbito local madrileño, ahí tenemos el obelisco de la Plaza de Castilla, obra del cuestionado arquitecto Calatrava y obsequio casi póstumo de Caja Madrid a la capital de España. Sus rieles laterales, movibles y de brillante color dorado, darían la impresión de que el monolito giraba sobre su eje, todo un prodigio del siglo XXI. La verdad es, no obstante, que el invento sólo funcionó regularmente unas pocas semanas o unos meses. Después, el espectáculo únicamente se ofrecía en los días festivos y, por último, hace ya algunos años, el monumento a la movilidad se transformó en el de la inmovilidad absoluta.

¿Hubo alguna garantía por parte de su creador o de la empresa constructora? ¿Se ha movido un solo dedo para arreglar el entuerto? La experiencia permite ponerlo en duda. Así, lo primero con que se topa el automovilista que llega a Madrid por la Autovía del Norte es con una lamentable y clamorosa chapuza. Se ve que Madrid sabe promocionar también su particular Marca. El lector puede llenar parte de su ocio veraniego completando la lista de preguntas que esperan información y respuesta.