Un respeto para Pablo Iglesias

El ideario políticosocial de Pablo Iglesias, líder de Podemos, tiene mucho de utópico, más aún que lo fue el comunismo en su versión de socialismo real. Ni la Unión Soviética ni sus satélites del este de Europa nos han dejado un buen recuerdo. La economía estatalizada fue, comparada con la de las democracias occidentales, un fracaso que, además, se llevó por delante muchos de los derechos fundamentales de la persona, desde la libertad de expresión, reunión y manifestación hasta la de entrar y salir del propio país a voluntad.

En la República Democrática Alemana no había parados ni gentes sin un techo bajo el que cobijarse, pero el eficaz sistema de subsidios y ayudas en la República Federal de Alemania hacía que incluso quien no encontraba trabajo viviera mejor que su colega en la acera de enfrente. China ha aprendido la lección y asumido la economía de mercado. No hay grandes logros sociales cuando faltan los correspondientes recursos.

El fin del telón de acero no se debió tanto a los méritos de la OTAN como al deseo de libertad por parte de quienes desde hacía medio siglo sufrían bajo un régimen totalitario en lo público y en lo privado. Nada indica que el nuevo experimento que Pablo Iglesias propone tuviera mayor éxito. Más bien sucede lo contrario, porque deja en mantillas al soviético. Ocurre, sin embargo, que muchas de las críticas de Podemos son acertadas. Y la generalizada corrupción que padecemos y el descrédito de la clase política –identificada como casta por el nuevo partido- son el mejor caldo de cultivo para los programas milagrosos.

No recuerdo dónde leí que muchos de los males que aquejan a la humanidad procedían de que, con cierta frecuencia, las buenas gentes defendían ideas erróneas, mientras que las malas se enriquecían y medraban criminalmente al socaire de las verdades acertadas en abstracto. Ahí radica el verdadero peligro, en que los ciudadanos, especialmente los que más sufren la crisis o han sido engañados por falsas promesas electorales, vuelvan la espalda a la democracia parlamentaria y depositen su confianza en un populismo asambleario.

Somos muchos los que no nos imaginamos al profesor Pablo Iglesias o al ex fiscal anticorrupción Jiménez Villarejo amasando una fortunita a base de malversaciones encubiertas o sin encubrir, a cielo abierto, que también las ha habido. Y es que -no es la primera vez que lo escribo- Honeker, último presidente comunista de la República Federal de Alemania, murió de cáncer en Chile, acogido en su casa por una hija maestra, mientras que más de un concejal o consejero español de urbanismo u obras públicas podría costearse sin problemas la estancia y el tratamiento en Houston. A la sombra de Podemos no ha medrado, al menos hasta ahora, ningún “Bigotes”, Bárcenas o Blesa, respetando siempre, como es natural, sus respectivas presunciones de inocencia en el ámbito jurisdiccional.

No toda corrupción es delictiva o puede ser perseguida con éxito como tal. Ya se encargó de ello el legislador español, sobre todo en el Código Penal de 1995. Y los tribunales, como todos sabemos, carecen de medios suficientes para enfrentarse al actual estado de cosas. Las condenas en firme no llegan o llegan demasiado tarde. No seré yo quien vote a favor del programa político de Pablo Iglesias, pero son otros, los corruptos y los políticos con tendencia a mirarse el ombligo, quienes deben apuntarse en su haber esta eclosión de la extrema izquierda, quizás uno de los factores determinantes en la abdicación, precisamente ahora, del rey Juan Carlos.

Los totalitarismos responden a un sentimiento de insatisfacción o a un desengaño en el funcionamiento de la democracia. O sea, que los culpables últimos no son quienes luego se ofrecen como profetas para llevarnos a la Tierra Prometida. Hitler y Stalin, por ejemplo, aunque no tuvieran cuentas corrientes en Suiza.

Sobre el autor de esta publicación

José Luis Manzanares

Nació en 1930. Obtuvo Premio Extraordinario en la Licenciatura de Derecho por la Universidad de Valladolid (1952) y en el Doctorado por la Universidad de Zaragoza (1975).

Ingresó en la Carrera Judicial en 1954 y se jubiló como Magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo el año 2000. Es también Abogado del Estado (jubilado) y Profesor Titular de Derecho Penal (jubilado). Fue Vicepresidente del Consejo General del Poder Judicial entre los años 1990 y 1996. Desde 1997 es Consejero Permanente de Estado.

Amplió estudios en la Universidad Libre de Berlín Occidental y en el Instituto Max Planck de Friburgo.

Ha pronunciado numerosas conferencias en España, Colombia, Cuba, Alemania e Italia.

Ha publicado más de un centenar de trabajos jurídicos, amén de nueve libros, entre ellos dos Comentarios a los Códigos Penales españoles de 1973 y 1995, habiendo participado en otros diez de carácter colectivo. También ha traducido algunos textos jurídicos del alemán, entre los que destaca la última edición (la 4ª) del Lehrbuch des Strafrechts (Parte General) del Profesor Jescheck. Ha llevado durante años la Sección jurisprudencial del Anuario de Derecho Penal y Ciencias Penales. La misma labor desarrolló en la Revista “Actualidad Penal”, de la que fue Director durante algunos años, desde su primer número hasta su cierre el año 2003. Es también autor de unos comentarios en 2 Tomos al vigente Código Penal tras su reforma por la Ley Orgánica 5/2010, editados por Comares, Granada. Su último libro, publicado el año 2012 por la editorial La Ley, de Madrid, se ocupa de “La responsabilidad patrimonial por el funcionamiento de la Administración de Justicia”.

Ha colaborado en algunos periódicos nacionales, como ABC, Diario 16, La Razón, El Mundo, El País, La Gaceta de los Negocios, La Clave, Epoca y Expansión, y semanalmente, durante muchos años en Estrella Digital. También en la revista alemana “Juristenzeitung” y otras especializadas de México y Argentina.