El triunfo de la Izquierda

El triunfo de la Izquierda ha abierto un nuevo horizonte -el tiempo dirá si mejor o peor- en la política nacional. Las elecciones al Parlamento Europeo han confirmado la crisis del bipartidismo pero también han puesto de relieve los avances de la izquierda española, con todo lo que ello puede significar tanto para cada español en particular como para la configuración territorial del Estado y el consiguiente replanteamiento de la alternativa entre monarquía y república.

La quiebra del bipartidismo se explica bien por el hartazgo de un electorado al que se ha mentido un día sí y otro también. El PSOE fracasó estrepitosamente cuando llegó a España la gravísima crisis cuya realidad había negado contra toda evidencia. Y el PP, recibido como salvador con mayoría absoluta, incumplió metódicamente sus promesas electorales, a veces alegando los pretextos más absurdos y a veces sin molestarse siquiera en dar explicaciones. La pretendida sorpresa sobre el verdadero alcance de la herencia recibida ni es muy creíble ni justifica, por ejemplo, la última reforma del Consejo General del Poder Judicial, otra vuelta de tuerca contra la división de poderes y otra clamorosa vulneración de la palabra empeñada.

Ha contribuido, además, al descrédito de los dos grandes partidos, PP y PSOE, esa corrupción ambiental, horizontal, vertical y trasversal, de la que parecen no tener noticia hasta que el caso llega a los tribunales por causas ajenas a su voluntad. Un gran borrón para la marca España, por mucho que su existencia haya sido interesadamente silenciada durante la campaña electoral. Sólo las siglas de los partidos o formaciones emergentes lucen aún su chaleco blanco y gozan -ellas sí- de la presunción de inocencia en el manejo de los negocios públicos, especialmente en lo que atañe a los enriquecimiento ilegítimos, sean delictivos o no.

Nuestras elecciones generales tienen sus propias variables, pero una extrapolación de los resultados de las recientes al Parlamento Europeo introduciría un importante cambio en la actual relación de fuerza. La imagen que tal consulta proyecta sobre el espejo es, con todas las reservas que se quieran, la de una mayoría de votos de la izquierda (PSOE, IU, ERC, Podemos y otras formaciones menores). Hasta en Madrid y Valencia, los hasta ahora baluartes más firmes del PP, los votantes del PSOE, Izquierda Unida y Podemos se bastan y sobran para obtener la mayoría parlamentaria. Nos encontraríamos en una situación similar a la de Alemania, con un partido socialdemócrata, el SPD, que pierde en solitario frente a los conservadores de la coalición CDU/CSU, pero que podría gobernar con el apoyo de La Izquierda, el partido de los filocomunistas y de quienes acusan al SPD de aproximarse demasiado a la derecha, y con los Verdes si se tercia.

A partir de ahí, el federalismo podría ser -también como en Alemania- el punto de encuentro entre los centralistas y autonomistas, de un lado, y los separatistas de otro. Y a continuación se replantearía la alternativa entre un rey o un presidente de la República como cabeza simbólica del Estado. Aunque el PSOE aceptase por patriotismo y en aras del consenso democrático la restauración de la monarquía, su ideario es decididamente republicano, algo que se acentúa en el resto de la izquierda española.

No es honesto jalear el retroceso del PSOE y silenciar los avances de Izquierda Unida o la espectacular aparición de Podemos en este escenario. La monserga del voto útil no da para más. El pueblo español se aleja del bipartidismo mientras la bolsa sube para celebrarlo. Quizás haya llegado la hora de tomar en serio la regeneración de nuestra vida pública.