Una novela de Simenon

El asesinato de Isabel Carrasco recuerda cada vez más las novelas de Simenon. El crimen viene a ser sólo un pretexto para el estudio psicológico y social de los personajes. En sus obras hay representantes de la alta sociedad parisina, artistas frustrados, putillas y chulos de la plaza Pigalle, toxicómanos, pensiones baratas, lujosos hoteles y porteras con rizos en la cabeza. El crimen le sirve a Simenon de percha para colgar sus observaciones como círculos concéntricos alrededor de la muerte.

Nos dicen que el asesinato de la presidenta de la Diputación Provincial de León está resuelto en lo fundamental. Sabemos quién apretó el gatillo y quiénes colaboraron con la autora material de los disparos. También conocemos un motivo, aunque quizás no sea el único: odio entre antiguas amigas. Se apuntan razones laborales u otras que se estarían investigando, pero siempre para una venganza personal sin connotaciones partidistas. Yerran quienes interpretan los hechos en clave ideológica para atacar al PP o lamentar que el acoso a los políticos haya ido tan lejos, sobre todo en las redes sociales. Unos incitarían al odio y otros dispararían después.

Simenon se habría ocupado de seguir la pista a la compra de una pistola y un revólver, hace unos años, a algún drogadicto que, cosas que pasan, ya no puede hablar porque habría muerto. Y se preguntaría por el kilo y medio de marihuana hallado en la vivienda que compartían en la capital leonesa Monserrat, la asesina (supuestamente, claro), y su hija Triana Martínez, la pretendida víctima laboral de Isabel Carrasco. No parece que aquella cantidad de marihuana pudiera destinarse al consumo propio ni que procediese del toxicómano gijonés. Y tampoco el “Mercedes” descapotable de Triana es muy normal en una funcionaria interina que ha perdido su empleo.

Luego resulta que fue una policía local de León, Raquel Gago, quien habría facilitado a la madre y a la hija el contacto para adquirir las armas. Tan amiga que, según leemos, admitió serlo íntima de Triana cuando en el juzgado se le preguntó por una posible relación sentimental que pudiera eximirla de la obligación de declarar. La misma Raquel que presentó el revólver homicida en la comisaría de policía treinta y seis horas después de que Triana, tras recibirlo de su madre una vez cometido el crimen, lo hubiese dejado subrepticiamente en el coche de la policía leonesa.

Adquisición y tenencia ilícita de armas, relación con toxicómanos y narcotraficantes en la misma ciudad donde parece que estuvo destinado el padre, un buen funcionario que desempeñaba últimamente el cargo de comisario jefe de Astorga, y que nada sabía de estas andanzas de su mujer y su hija. Pero hay más todavía. Triana obtuvo a dedo, como interina, su empleo en la Diputación Provincial de León y lo conservó hasta que, sacado a concurso, demostró que carecía de méritos para desempeñarlo. Obtuvo una paupérrima clasificación. Finalmente, cuando el ganador solicitó la excedencia voluntaria, se acordó amortizar la plaza, prueba evidente de que nunca hizo mucha falta.

¿Hubo en su día un caso más de nepotismo o amiguismo como forma más generalizada de corrupción política? Quizás, pero vamos a dejarlo aquí porque no queríamos entrar en ese terreno. Es probable, sin embargo, que Simenon lo hubiera hecho para redondear su relato.