La partida de Ucrania

El último presidente constitucional de Ucrania, Victor Yanukóvich, tuvo que abandonar su cargo por la violencia callejera de quienes, tras perder las últimas elecciones, no quisieron aceptar el cambio de rumbo del nuevo gobierno, más amigo de estrechar sus relaciones políticas y económicas con Rusia que con la Unión Europea. Y ésta, respaldada por los Estados Unidos, cometió el grave error de apoyar activamente la revuelta, incluso con significativas y comprometedoras visitas a los rebeldes de Kiev, como si Rusia hubiera de ser necesariamente un país de convidado de piedra.

La intervención occidental en las supuestas “primaveras” de Libia y Egipto, como también el fiasco en Siria, precisamente con el presidente Putin apoyando al gobierno de Damasco, son buenos ejemplos de lo que puede ocurrir cuando se ignoran la realidad y, a veces, la catadura de nuestros protegidos.

Uno de los graves problemas de Ucrania son sus fronteras, artificiales y fluidas como corresponde a una historia rica en invasiones y dominaciones extranjeras, con el Imperio Turco, el Imperio Austro-húngaro, Polonia, y la propia Rusia como protagonistas. Otro, la partición lingüística del país entre el ruso y el ucraniano. Un tercero, que buena parte de la población, especialmente la de lengua ucraniana, colaboró con las tropas de Hitler en clave nacionalista y anti-rusa. Sus sucesores se significaron en las algaradas de Kiev contra el gobierno legítimo de la república. Y, como guinda en este cúmulo de problemas, la península rusa de Crimea fue incorporada a Ucrania por obra y gracia de Kruschev el año 1954, cuando todo quedaba en casa, o sea, dentro de las fronteras de la Unión Soviética.

Los equivocados cálculos de la Unión Europea y Estados Unidos presentaron en bandeja al presidente Putin el retorno de Crimea a su madre patria, bien entendido que una oportunidad así no se detiene ante unas sanciones económicas que rozan el ridículo. Y tampoco sabiendo de antemano que nadie, las potencias occidentales en primer término, arriesgará una guerra. El reducido despliegue de tropas de la OTAN en Polonia o en los Países Bálticos no pasa de ser un gesto para la galería.

Occidente ha errado en el envite, por lo que sería aconsejable reconocerlo así y obrar en consecuencia. La anexión de Crimea a Rusia es un hecho absolutamente irreversible. Hoy se trataría de no poner también en peligro las fronteras orientales de Ucrania. Parece, sin embargo, que seguimos sin entender que la posición del presidente Putin en esta partida de ajedrez es mucho más ventajosa que la nuestra. Para empezar, porque juega en su terreno.