Las exequias de Adolfo Suárez

Los muchos homenajes rendidos estos días a la figura de Adolfo Suárez nunca habrían pecado por exceso. La transición del régimen franquista a la democracia fue en buena parte obra suya. Supo encontrar acuerdos y consensos donde parecía imposible hallarlos. Trabajó infatigablemente por la concordia nacional, por la superación de las barreras ideológicas y por el perdón mutuo entre las consabidas dos Españas que hacía sólo unas décadas se habían batido a muerte. Contó con la valiosa colaboración de Felipe González, Fraga, Carrillo y otras personalidades de nuestro espectro político, pero eso no quita méritos a quien, respaldado entonces por el joven rey Juan Carlos, fue algo más que un catalizador para el logro de nuestra convivencia. El corolario de esa difícil empresa es la Constitución de 1978.

Hasta aquí poco o nada hay que objetar a los actos de despedida. A lo sumo algunos torpes intentos de manipulación en la cuestión catalana. El presidente de aquella Comunidad, Artur Mas, que tuvo el detalle de desplazarse a Madrid para rezar ante el féretro en el Congreso de los Diputados, mezcló sus elogios al difunto con su particular creencia sobre lo que éste haría para resolver la presente crisis. García-Margallo, nuestro ministro de Asuntos Exteriores y también oficiosa y lamentablemente de Asuntos Catalanes, le replicó asegurando que Adolfo Suárez habría hecho lo que ya estaba haciendo el presidente Rajoy. Dos personajes de polichinela, cada uno con su estaca al hombro.

Vayan, sin embargo, algunos recuerdos que no se compaginan bien con las innumerables muestras de reconocimiento político y popular que ha recibido estos días la figura de Adolfo Suárez. Conocida es nuestra afición al elogio de los muertos, aunque en vida no hayan sido siempre santos de nuestra devoción, pero lo ocurrido estos días supera con mucho lo acostumbrado. Se diría que los homenajes han sido una colectiva acción de desagravio. Y quizás, en lo que a la ciudadanía se refiere, una repulsa colateral para los políticos que nos han gobernado después.

Adolfo Suárez tuvo que dimitir como Presidente del Gobierno de España en enero de 1981 porque le obligó a ello una operación de acoso y derribo bien orquestada desde la oposición y desde dentro de la propia UCD. Se despidió afirmando que se iba para evitar que la nueva democracia española acabara siendo un paréntesis entre dos dictaduras. No quiso añadir más pero es suficiente para pensar que algo sabía de lo que ocurriría de mantenerse en el cargo. No mucho después se produjo el chapucero golpe de Estado del 23-F, o mejor, los dos chapuceros golpes del teniente coronel Tejero y el general Armada. Tal vez porque ya era imposible parar lo que estaba en marcha.

Pero es que luego, en las elecciones de 1982, también la ciudadanía le volvió la espalda. Su nuevo partido, el Centro Democrático y Social (CDS) sólo tuvo 600.000 votos y no tardó en desaparecer por completo. Ha sido bastante más tarde, con un Adolfo Suárez alejado de la política y finalmente enfermo de Alzheimer, cuando la figura del expresidente ha ido recuperando el reconocimiento de la mayoría de los españoles. Los nuevos y graves problemas que España padece, unidos a la falta de credibilidad de nuestros dirigentes políticos, son como los truenos que nos recuerdan a Santa Bárbara.

Resulta además que Adolfo Suárez, que al decir de un ingenioso político de su tiempo estaría dispuesto a entrar en el hemiciclo montado en el caballo de Pavía (y tal vez vestido como un tahúr del Misisipi con chaleco floreado), fue a la hora de la verdad, cuando el teniente coronel Tejero entró en el edificio del Congreso “manu militari”, uno de los tres diputados que prefirieron jugarse la vida en lugar de tumbarse en el suelo como se les ordenaba a punta de pistola o metralleta. Los otros dos se llamaban Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Ninguno de ellos fue el personaje de la lengua viperina.