Crimea: jaque mate

El presidente Putin ha vencido ya en la partida de Crimea. Es mejor jugador de ajedrez que sus adversarios de la Unión Europea y de los Estados Unidos, y fue un imperdonable error olvidar los precedentes de Abjasia y Osetia del Sur, dos regiones de Georgia en las que Rusia trazó sus líneas rojas. Los occidentales, que con buen criterio no quisieron arriesgar una guerra nuclear para defender la integridad territorial de aquel pequeño país, tampoco lo harían en esta ocasión. Todos sabíamos que la firme apuesta de Moscú nunca se detendría por el anuncio de algunas sanciones para cumplir el expediente.

Poco importan las razones de Rusia una vez consumados los hechos, pero bueno es recordar que la secesión anticonstitucional de Crimea vino precedida por el derrocamiento, también inconstitucional, de un presidente democráticamente elegido. Y la Unión Europea se posicionó con excesiva contundencia a favor de los rebeldes, no faltando los viajes de altos funcionarios a Kiev para apoyar a los manifestantes. Resulta además que, como recuerda Putin, los países que ahora protestan son en buena parte los mismos que en su día vieron con buenos ojos la independencia unilateral de Kosovo frente a Serbia. No en vano España, condicionada por el problema catalán, ha sido una de las escasas excepciones a ese generalizado reconocimiento.

Las sanciones impuestas, como probablemente las que estén por llegar, vienen a ser una confesión de impotencia. Para dar una sensación de firmeza que nunca ha existido se toman decisiones que no sólo no servirán para nada sino que rozan el ridículo. Rusia no dará marcha atrás porque a unas decenas de políticos o funcionarios de tercera fila se les niegue la entrada en los países de la Unión Europea o en cualquier otro. Las medidas económicas repercutirán también en perjuicio de quienes las imponen y acabarán desapareciendo con el transcurso del tiempo. Ha quedado claro que ni siquiera nos atrevemos con los máximos responsables de la anexión, empezando por el propio presidente Putin.

El punto de no retorno -perdón por el anglicismo- se sitúa antes de que las manifestaciones callejeras, cada vez más violentas, alcanzaran su objetivo de derribar al gobierno legítimo de Ucrania. Para encauzar el problema de las minorías rusófilas, quizás hubiera bastado con ampliar oportunamente la autonomía de Crimea, un territorio en el que la revuelta de Kiev no podía ser bien acogida. Sin embargo, como evidencia la supresión inmediata de la cooficialidad de la lengua rusa con la ucraniana, se optó por un trágala cuyas consecuencias no debería provocar aspavientos ni gestos de sorpresa o indignación.

En resumen, un nuevo y clamoroso fracaso de la diplomacia occidental tras sus repetidos fiascos en el norte de África y el Oriente Medio. Hemos tensado la cuerda más de lo debido sin calcular lo que podía ocurrir. Somos nosotros los que hemos servido en bandeja de plata la península de Crimea al presidente Putin. Ahora nos daríamos por contentos si la expansión de Rusia a costa de Ucrania no fuese más lejos. Y si alguien tiene dudas, repásese la historia de esa península, conquistada por Catalina la Grande a los turcos en 1783 y rusa después ininterrumpidamente hasta que, ayer mismo, Kruschov acordó por sí y ante sí la incorporación a Ucrania cuando todo quedaba en casa porque ambos países formaban parte de la Unión Soviética. Hay más distancia del cero al uno que del uno al dos, o al tres.