Escocia, Crimea y Cataluña

Escocia entró libremente a formar parte de un Reino Unido en el que se integran también Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte. Siempre se ha mantenido abierta la puerta de la separación y Escocia puede traspasarla a voluntad según reconoce sin reservas el gobierno de Londres. De ahí que el debate gire en este caso sobre las ventajas e inconvenientes que la separación supondría para los escoceses, que son quienes tienen en definitiva la última palabra. Los restantes ciudadanos del Reino Unido han de limitarse al intento de influir en la formación de la voluntad de los consultados. Puede que el disfrute en exclusiva del petróleo frente a las costas de Escocia sea un aliciente para la independencia, pero quizás tengan mayor peso las consecuencias negativas de la separación.

Crimea es un caso singular. Dejó de pertenecer a Rusia para incorporarse a Ucrania ayer mismo, históricamente hablando, por una iniciativa de Nikita Kruchov cuando ambas repúblicas formaban parte de la Unión Soviética. No parece que se contase siquiera con el respaldo de la población rusa que era muy mayoritaria en la península conquistada a los turcos en 1783. Todo quedaba en casa, como si se tratara más de una medida administrativa que de una cesión territorial entre dos Estados. Posteriormente, con el desmembramiento de la URSS, Crimea se convirtió en una república autónoma dentro de la nueva Ucrania, garantizándose entre otras cosas la cooficialidad del idioma ruso con el ucraniano. Además Rusia obtuvo, mediante los correspondientes tratados internacionales, la autorización precisa para mantener sus bases militares en Sebastopol y otros puntos de la península.

Poco a poco, con las naturales fluctuaciones de población, el porcentaje de la de origen ruso fue disminuyendo a la vez que parecía consolidarse la pacífica convivencia con los tártaros y otras etnias. Hasta que el derrocamiento del último presidente de Ucrania democráticamente elegido dio al traste con aquel equilibrio, sobre todo cuando el nuevo gobierno surgido de las manifestaciones callejeras tomó la insensata decisión de suprimir la cooficialidad del ruso tanto en Crimea como en otras muchas zonas de un país lingüísticamente dividido casi al 50%. La secesión de Crimea se debe al decisivo apoyo de Rusia y terminará seguramente con su adhesión a dicho país. Sin Rusia, la madre patria a la que se regresa, la secesión de Crimea no podría entenderse.

Con Cataluña todo es distinto. Formó parte del Reino de Aragón y es España desde que ésta existe. Nunca fue un país independiente, y ahí están la Historia y nuestras Constituciones desde la primera de ellas en 1812. Siguiendo una línea ininterrumpida, la vigente de 1978 afirma la unidad de la Nación española en unos términos inequívocos que refrendaron muy mayoritariamente los votantes catalanes. Sin previa reforma constitucional no hay secesión ni independencia posibles. Por eso se comete un grave error al insistir demasiado en los efectos perjudiciales que la independencia de Cataluña tendría para los propios separatistas. Aquí, a diferencia del caso escocés, no se trata de lo que pudiera ser mejor para unos españoles o una parte de España, sino pura y simplemente de que nuestra Constitución no permite la decisión unilateral.

Detrás de Cataluña no hay ningún Estado dispuesto a recibir con los brazos abiertos a quienes retornan a sus raíces. Tampoco ninguno que apoye seriamente esa independencia. Cataluña quedaría fuera de la Unión Europea. Si las cosas se complican en España, no será tanto por las pobres bazas de que disponen los separatistas catalanes como por no haber cortado a su debido tiempo los avances hacia la secesión. Una vez más, los supuestos vientos de la historia soplarán sobre los indecisos y los timoratos. Es increíble que el Gobierno de la Comunidad Autónoma sea el motor de una campaña que, ajena a sus competencias, puede estar sufragándose con los dineros de todos los ciudadanos. No se trata sólo de esa consulta que no se celebrará según Rajoy, sino también de una anunciada declaración de independencia. Y entonces ¿qué? Nos tranquilizaría saber ya, con toda seguridad, cuál sería la respuesta.

PD. No ha sido muy afortunada la declaración de nuestro ministro de Asuntos Exteriores (y oficiosamente de Asuntos Catalanes) al afirmar que los casos de Crimea y Cataluña son exactamente iguales. Si lo fueran, que no lo son, habría que echarse a temblar porque Crimea ya es independiente, al menos de facto y con el reconocimiento expreso de una de las grandes potencias mundiales, Rusia.

4 comentarios
  1. Alberto Fernandez de Troconiz says:

    Totalmente de acuerdo amigo mío
    pero quizás como dices, seamos viejos.

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