Desayunos con sapo

Dicen que los políticos se desayunan con un sapo como gaje del oficio. Ignoro si es verdad, pero sí sé que el desayuno cotidiano de los lectores españoles de periódicos incluye inevitablemente una nueva noticia sobre la corrupción. La ingestión del bicho puede retrasarse hasta el mediodía para quienes no tienen otra fuente de información que el telediario. Pero tan sabroso ingrediente no falta nunca.

La última sabandija es por el momento la probable estafa, fraude, latrocinio o similar de millones de euros en las subvenciones de la Comunidad de Madrid a los cursos de formación organizados por la patronal. En Andalucía y otras tierras siguen siendo los cursos de los sindicatos. Vienen a ser lo mismo porque en ambos supuestos se desvían los dineros públicos hacia otros fines tan atractivos como el lucro personal.

Presumía un ministro socialista de que España era el mejor país para enriquecerse rápidamente. Era y es verdad, pero silenciaba el cómo: robando los dineros del contribuyente porque, como proclamó otra ilustre colega, esos euros no serían de nadie. Estaban a disposición del primer afortunado que se los encontrara en su camino. Alguien bien situado, como es natural.

Muchos de nuestros sapos nacieron en épocas de vacas gordas y han tenido tiempo suficiente para crecer, engordar y multiplicarse. Nuestra renqueante justicia, infradotada de medios, lo tiene más fácil con un asesinato que con esta corrupción cuyos protagonistas delinquen en manadas protegidas por silencios cómplices. Unas veces, por eso de la prescripción, hay que limitar la exigencia de responsabilidades a lo que los animalitos han engordado en los últimos años. Y otras sólo podemos tomar nota de lo que ya no tiene remedio al amparo de esa presunción de inocencia que aquí utilizamos como capa de Luis Candelas fuera también del ámbito penal.

Está visto que, según ocurre con los hidrocarburos en las arenas de Arabia Saudí o Kuwait, basta escarbar un poco a lo largo y ancho de nuestra geografía para que brote majestuoso el chorro pestilente de la corrupción. La sensación de los españoles -y no sólo de la mía- es, según revelan los estudios de la Unión Europea, que vivimos en una atmósfera de podredumbre generalizada. Si no sale a la superficie más petróleo es porque no hay más prospecciones.

Puestos a crear juzgados especializados en algunos delitos, parece que los grandes esfuerzos hechos para combatir, por ejemplo, la violencia de género, podrían extenderse a esta otra lacra social de primera magnitud, a la que seguimos aplicando cataplasmas, parches sor Virginia y otras viejas recetas de escasa eficacia. La experiencia enseña, además, que nuestros mangantes de cuello blanco y riñones bien forrados acostumbran a disfrutar también de larga y cómoda vida después de ser descubiertos e identificados. Su inmensa mayoría, con fortunas inimaginables para el hombre de la calle, ni siquiera acaba en la cárcel.

La instrucción penal se prolongará años, el juicio se señalará con el retraso habitual (y probablemente se suspenderá un par de veces), luego, si hubiese condena, la pena se reducirá por las dilaciones indebidas. Más tarde vendrán, siempre con abundantes tiempos muertos, los recursos de apelación o de casación. Y después se pedirá amparo al Tribunal Constitucional. Finalmente, suponiendo que no se declaren nulas las pruebas por una u otra razón, al convicto se le suspenderá la ejecución de la pena de prisión o se le concederá de inmediato el tercer grado para que solo vaya a firmar algún día que otro al establecimiento penitenciario. El reo será un anciano venerable o padecerá graves enfermedades que, curiosamente, no se dan con tanta frecuencia entre los condenados por otros delitos.