Todos queremos más

Nadie puede impedir que la corrupción haga acto de presencia en nuestras más altas instituciones o en nuestros más prestigiosos cuerpos de funcionarios, pero sí está en nuestras manos la exigencia de responsabilidades penales conforme al principio constitucional de que todos somos iguales ante la ley. Aquí, como en los delitos de pedofilia, lo que hace falta es denunciar los hechos, reales o posiblemente reales, ante la policía, los fiscales o directamente al juzgado de guardia. Una obligación que, sin embargo, suele orillarse con el manido argumento de que la ropa sucia se lava en casa. O sea, trasladando al réprobo -sacerdote rijoso o funcionario infiel- a otro lugar más o menos lejano.

Sabemos de algún juez condenado por cohecho y siguen su curso las diligencias contra el Duque de Palma y hasta cierto punto, como también imputada, contra su esposa la infanta Cristina, pero no tenemos noticia, o al menos no la tenía yo, de supuestos casos de corrupción en las representaciones diplomáticas españolas por esos mundos de Dios. De ahí la sorpresa al leer hoy en un diario de tirada nacional un par de preocupantes titulares: “Destituido el embajador en el Congo por vender visados a 2.900 euros” y “El mismo diplomático ya había sido cesado como cónsul en Nador por un caso similar”.

Es probable que el primer cohecho o serie de cohechos haya prescrito por remontarse a 1987, al igual que la infracción del deber de denuncia por parte de sus superiores en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Pero esos antecedentes son una razón más para que esta vez haya, además de transparencia, un traslado de los hechos a la jurisdicción penal si es que consta el más mínimo indicio de su existencia.

La alternativa sería la falsedad de esa conducta atribuida a un embajador de España y entonces no cabría aquietarse, dar la callada por respuesta y esperar a que todo se olvide con el paso del tiempo. Para algo están las querellas por calumnias o injurias. Se encuentran en juego no sólo el honor de la persona sino también el prestigio de la Carrera con mayúscula. Inocente o no el embajador, lo imperdonable sería, sobre todo en las actuales circunstancias, echar tierra sobre el asunto.

Todos queremos más -según la vieja canción- y más y más, pero mucho más. Esta es una buena oportunidad para aplicar eso de la tolerancia cero. Obsérvese, finalmente, que nuestro respeto por la presunción de inocencia llega al extremo de silenciar el nombre del embajador. Un detalle.