Cataluña, el grano y la paja

Cataluña no puede separarse del resto de España porque la Constitución no lo permite, al menos mientras que no se reforme según el procedimiento que ella misma regula. Su artículo 1.2 declara que “la soberanía nacional reside en el pueblo español”. Y su artículo 155 dispone lo que debe hacerse si alguna Comunidad Autónoma “actuase de forma que atente gravemente al interés general de España”. Los textos son tan claros que huelgan las polémicas con quienes no acepten este punto de partida. Otra cosa sería seguirles el juego como si hubiera algo que interpretar o discutir.

Ese impedimento básico para todo secesionismo unilateral pierde fuerza si en el debate político abusamos de argumentos circunstanciales. Bien está alguna advertencia sobre la salida de la Unión Europea o los perjuicios que la independencia supondría para la economía catalana, pero sin exagerar. Primero, porque no es ese el quid de la cuestión. Segundo, porque corresponde a los propios catalanes y no al resto de los españoles valorar los costes de sus decisiones. Y tercero, porque el nacionalismo es proclive, como la historia nos enseña, a poner los sentimientos por encima de todo y al precio que sea.

Hay, como es natural, nacionalismos respetables, democráticos y respetuosos con el estado de derecho, pero el adoctrinamiento sesgado, el victimismo y el falseamiento metódico del pasado conducen indefectiblemente al radicalismo irracional. Entonces todo vale y cualquier sacrificio es poco para obtener la independencia. Mientras no nos paren los pies los obligados a ello, naturalmente.

De otro lado, siendo el problema catalán un problema interno, convendría tener cuidado en no contribuir a su internacionalización como los secesionistas desean. Una cosa es recodar que una Cataluña independiente quedaría automáticamente fuera de la Unión Europea, de la OTAN e incluso de las Naciones Unidas, y otra muy distinta entrar al trapo de la provocación. Los problemas internos dejan de serlo en los foros internacionales. Lamentable fue que ETA obtuviera cancha fuera de nuestras fronteras y preocupantes es ahora, guardadas las debidas distancias, que andemos explicando por esos mundos de Dios los males que a nuestro entender sufriría una Cataluña independiente. O magnificando las palabras de políticos foráneos sobre un problema que es exclusivamente nuestro.

Preocupa que el presidente del Gobierno de España asegure que no permitirá la secesión pero se calle lo que piense hacer para evitarla. Aunque no enseñar las propias cartas al adversario pueda ser prudente táctica, debe evitarse transmitir el mensaje de que las nuestras son muy malas. Una cosa es conseguir que el contrario no sepa si subimos o bajamos la famosa escalera y otra, muy distinta, que el pretendido artista del disimulo tampoco lo sepa.