Falsificación artesanal de moneda

Leemos en los periódicos que allá por la parte de Murcia ha sido detenido por falsificar billetes de banco un artista de la cosa, un manitas que trabajaba en solitario por su exclusiva cuenta y a su exclusivo riesgo con cuatro bártulos caseros como utillaje. Nada de costoso material ultramoderno, nada de tecnología punta, nada de organizaciones internacionales, nada de redes de distribución, nada de nada. Nuestro Juan Palomo se lo hacía todo, fabricaba el billete y lo expendía como Dios le daba a entender. Más que industria, artesanía de la buena a partir de una consolidada vocación. Sólo así se pueden hacer los billetitos uno a uno para apreciar después, a ojo de buen cubero, si han salido lo bastante bien como para dedicarlos al tráfico mercantil.

El hombre centraba sus esfuerzos en los billetes de diez y veinte euros, lo que es de agradecer. Ese detalle, unido al modelo productivo, descartaba el riesgo de que sus actividades perjudicaran gravemente a la economía nacional. Lo que no quita, y eso dice mucho a favor de la habilidad y del ingenio del artista, para que lograse colocar más de seis mil euros antes de que alguien pusiera en duda la autenticidad de su papel moneda. Por mi parte, agradezco al carpetovetónico falsificador de hoy que me haga recordar a otros dos virtuosos del ramo. El primero, del mundo real. El segundo, de la ficción literaria.

Allá por 1955 había en un museo de la Policía, en Madrid, un billete hecho, o mejor, pintado y dibujado, enteramente a mano. Si no me engaña la memoria era alargado, un poco en la línea del dólar americano pero algo más estrecho, con una carabela en un óvalo central. Su valor efectivo, como obra de arte, superaba con mucho al facial de una peseta. El señor de Murcia aparece así como continuador de una lista de pintorescos personajes que a mí, no sé por qué, me resultan como muy españoles.

Años antes, en 1938, el Libro del Convaleciente, de Jardiel Poncela, había dedicado uno de sus variopintos cuentecillos, eutrapelias y otros entretenimientos a la falsificación de billetes de banco. En este caso, el falsificador había dado con la fórmula que impediría el descubrimiento de su delito. Puesto que la falsedad solía comprobarse comparando el billete falso con el auténtico, había que orientar la producción hacia valores ausentes en nuestro papel moneda. Los billetes serían, por ejemplo, de una peseta con setenta y cinco céntimos.

Quizás eso de que el más tonto del pueblo haga relojes se predique mejor de Suiza que de España, pero en la falsificación artesanal de billetes de banco ganamos nosotros.