Desde Argentina con amor

Una juez argentina ha pedido la extradición de un expolicía nacional español y de un exguardia civil para ser juzgados por maltratos y torturas a personas detenidas entre los años 1971 y1976. La solicitud llama la atención porque los presuntos delitos se habrían cometido en España, de forma que entrarían de lleno en nuestra Ley de Amnistía de 1977. Puesto que aquella impide la exigencia de responsabilidad por tales hechos, no parece muy lógico que nosotros colaboremos con otro país para que asuma esta misma tarea. Creíamos que la finalidad de la Ley de Amnistía fue contribuir a la concordia nacional y a la superación del pasado.

La cosa es que el Consejo de Ministros ya ha dado luz verde al proceso de extradición pero tendría también la última palabra si la Audiencia Nacional aceptara la reclamación argentina. La Justicia universal presenta estos inconvenientes cuando permite a cualquier tribunal extranjero intervenir como guste en nuestros asuntos internos. Hoy son los tribunales argentinos, pero podrían serlo los japoneses, chipriotas o keniatas, los que examinan nuestra Ley de Amnistía para dar o no su visto bueno o interpretarla.

La Audiencia Nacional y el Gobierno sabrán lo que hacen al admitir la posibilidad del semejante extradición, pero algunos, sencillamente, no lo entendemos. Aunque nada habría que objetar, por ejemplo, a una extradición por delitos cometidos en la Argentina de las dictaduras militares, mejor sería cortar de raíz esta reclamación. Tiene algo de fraude de ley (la de Amnistía) y no dice mucho en términos de seguridad jurídica. ¿Alguien hubiera podido imaginarse la extradición de Santiago Carrillo a otro país para ser juzgado como presunto autor de los asesinatos masivos de Paracuellos?

Mientras que nuestra renqueante Administración de Justicia, representada en este caso por la Audiencia Nacional, medita sobre el reparto de juego a los tribunales argentinos, resulta que se muestra incapaz de procesar en tiempo razonable una mínima parte de la corrupción que padecemos a todos los niveles. Menos mal que -otra paradoja- parece disponer de sobrados medios para ocuparse de lo ocurrido en el Tíbet hace unas décadas y pedir la extradición de un expresidente de la República Popular China, pese a saber perfectamente que nunca llegará a sentarse en el banquillo de los acusados. No importa que tan pintoresca iniciativa perjudique a nuestras relaciones con esa potencia mundial. Quijotes por el mundo y la casa sin barrer.