Los barros y los lodos en la lucha contra ETA

Escribe Giovanni Papini en su “Gog” que la historia debería enseñarse al revés de cómo se hace. Nada de arrancar desde la consabida noche de los tiempos para llegar desde Indíbil y Mandonio hasta nuestros días con paradas en la edad antigua, la media y la moderna. Lo correcto sería empezar con la actualidad para preguntarse después por las causas de que ésta sea así y no de otra forma. Una pregunta que se repetiría hacia atrás con un porqué tras otro.

Nuestra vida de hoy es consecuencia de lo que hicimos o dejamos de hacer ayer. La Guerra Civil se explica por el fracaso de la II República y la proclamación de ésta por el agotamiento de la Monarquía. Y así sucesivamente. Es un proceso que puede aplicarse también a lo que ahora está ocurriendo con dos cuestiones unidas por el denominador común del terrorismo etarra. La excarcelación demasiado temprana de los asesinos múltiples ofende al más elemental sentido de justicia. Vuelven a sus casas sin haber dado la menor muestra alguna de arrepentimiento. Cada muerte les ha salido por un año de cárcel aproximadamente. Y ya veremos lo que tardan en ocupar algún cargo político o institucional.

El escándalo tiene sus raíces en tres negligencias del legislador español, suponiendo que no estemos ante una conducta intencionada. De un lado, hubo una oposición radical a una prisión perpetua con la que nunca hubiéramos llegado a esta situación. De otro, hasta el Código Penal de 1995 no se suprimió una redención de penas por el trabajo que en todo caso seguiría aplicándose en los delitos cometidos anteriormente. Y en tercer lugar, hubo que esperar hasta la reforma del Código Penal de 2003 para elevar el máximo de la prisión hasta cuarenta años si concurrieran varios asesinatos u otros delitos gravísimos (un sucedáneo vergonzante de la innombrable prisión perpetua).

Y ahora, de nuevo como en el dicho de los barros y los lodos o recurriendo al título de una conocida novela de Miguel Delibes, resulta que también la sombra de los GAL es alargada y atenta contra la dignidad de las víctimas directas de ETA y de la inmensa mayoría de la población española. El terrorismo de estado en tiempos de Felipe González fue, además de una chapuza y de un claro ejemplo de corrupción en el manejo de los fondos públicos, una baza de primer orden para el mundo “abertzale” y el nacionalismo radical del País Vasco. Les ha permitido equiparar a unos asesinados con otros y reforzar la tesis del conflicto fundamentalmente político que en tiempos pasados se cobró víctimas inocentes de ambos bandos. Habría que honrar por igual a todas ellas.

Puede que un día no muy remoto veamos en algunas localidades vascas o navarras, gracias al GAL, algún monumento dedicado, por ejemplo, a Lasa y Zabala, que fueron torturados, asesinados y enterrados en cal viva. Tampoco sus asesinos han dado muestras de arrepentimiento. Y menos aún el misterioso señor X que, de haberlo, ni siquiera tuvo que sentarse en el banquillo. Justicia no es cargar contra los jueces de Madrid o Estrasburgo, sino dar a cada uno lo suyo.