El espionaje amigo

Los aspavientos por el espionaje de los servicios secretos estadounidenses -dejémonos de siglas- a lo largo y ancho del mundo mundial forman parte del guión cuando la evidencia salta a la luz pública y, además, somos nosotros, los europeos, los sometidos a tales prácticas. Bueno, cualquier ciudadano europeo, pero preferentemente aquellos que, según la terminología al uso, disponen de información sensible. O sea, la referida a la alta política internacional e incluso nacional con sus correspondientes apéndices económico, financiero y militar.

Aunque nadie dude de que los demás también hacemos lo que podemos dentro de nuestras limitaciones, resulta feo que a uno le espíen sus propios socios y amigos, sobre todo si la curiosidad no se detiene siquiera ante el teléfono móvil de la señora Merkel. A partir de ahí podemos imaginar lo que sucederá con el resto de los altos cargos del viejo continente.

Ahora toca dar muestras de indignada sorpresa y escenificar el agravio pidiendo información a Washington y explicaciones a sus embajadores, pese a saber de antemano que todo quedará en nada. Los norteamericanos nos dirán que no les consta tan censurable conducta pero que de haberse producido -en condicional- ahí están sus disculpas adelantadas por vía cautelar. Naturalmente, se investigará cualquier extralimitación que se hubiera podido producir y los culpables serían sancionados. En todo caso sus identidades permanecerían en secreto por exigencias de la seguridad nacional.

Calmado el revuelo, mañana será otro día. Eso sí, muy parecido a los anteriores. Habrá más cuidado para prevenir en lo posible nuevos percances, pero si se repitiesen -¡Dios no lo quiera!- se aplicaría la versión reforzada del protocolo. Mayores lamentos, más golpes de pecho y un todavía más solemne propósito de la enmienda.

Ni siquiera se hace mucho para que al final nada cambie (recuérdense el Gatopardo y el marqués de Lampedusa). La verdad es aún más triste por cuanto sólo se hace como si se hiciera. Primero, porque la información que nos suministran los Estados Unidos nos viene muy bien para combatir el terrorismo o para las relaciones con los países norteafricanos. Segundo, porque -de verdad, de verdad- difícilmente podemos evitarlo. Y tercero, porque las hemerotecas dan fe de cómo nos esforzamos en su día para correr un tupido velo cuando hasta el teléfono de Juan Carlos I estuvo intervenido por el entonces CESID. Como cabía suponer, todo fue fruto de una casualidad perfectamente acorde con el cálculo de probabilidades.

Allá por las alturas del Poder la brújula deja de ser fiable como en las proximidades del polo magnético. Hasta un ministro español pudo ser condenado como reo de terrorismo de estado, sin que nadie por encima de él llegase a ser citado siquiera como testigo para no estigmatizarlo. Y siendo eso así, como desgraciadamente lo es, la esperanza de que se siente en el banquillo de los acusados de la Audiencia Nacional o del Tribunal Supremo, no ya el presidente Obama, cuya inocencia se presume “iuris et de iure”, sino alguno de esos subalternos que suelen cargar con el mochuelo cuando no hay más remedio, suena a música celestial.

El panorama se animaría, no obstante, si algún juez se acordara del delito de descubrimiento de secretos tipificado en el artículo 197.1 del Código Penal y considerara que existe algún indicio de que se hubiera cometido en esta ocasión. Perdería el tiempo, pero no más de lo que ya ocurre con los procesos abiertos para condenar a los dirigentes chinos por el genocidio del Tibet.