Recuerdo crítico del 12.O

La celebración de la Fiesta de la Hispanidad en la capital de España adoleció de algunos defectos que podrían evitarse en el futuro.

El primero es que la crisis económica no justifica que el desfile militar sufriera tan profundos recortes. No se explica el ahorro de combustible en carros de combate u otros vehículos militares cuando nuestras Fuerzas Armadas prestan sus servicios, meritorios pero no imprescindibles, en los lugares más apartados del ancho mundo, desde Afganistán al sur del Líbano, sin olvidar la presencia de nuestros buques de guerra ante las costas somalíes. Puestos a ahorrar, habría muchas empresas públicas, administraciones superpuestas y alegres subvenciones en las que reducir gastos. Y donde también podría combatirse más eficazmente la generalizada corrupción que padecemos.

La segunda crítica se dirige a la falta de información segura sobre la presencia de los miembros de la Familia Real en los actos. Salvo la anunciada ausencia del rey Juan Carlos por razones obvias, todo lo demás han sido noticias encontradas hasta el momento mismo del desfile militar en la Plaza de Cánovas del Castillo y de la recepción oficial en el Palacio de Oriente. Las imprecisiones a ese nivel, también en lo que atañe al protocolo, no redundan en beneficio de las más altas instituciones del Estado. Aquí falta algo, empezando por un Estatuto de la Casa Real o de la Corona que no puede ser sustituido mediante reales decretos de carácter sectorial. La laguna se arrastra desde 1978, año en que fue promulgada la Constitución. Ya saben los lectores que, aunque en esta ocasión no lo parezca, la esencia de la política es adelantarse a los acontecimientos.

Aconsejable sería asimismo evitar, dentro de lo posible, recurrir a la lectura en lugar de utilizar la palabra hablada en su sentido más estricto. Una cosa es pronunciar un largo discurso o disertar sobre una materia llena de tecnicismos y otra pronunciar unas breves palabras de salutación. Me refiero al papel o los papeles que el Príncipe de Asturias leyó en el Palacio Real, no como algo que se hace así por tratarse de un mensaje del Rey, sino como de tapadillo, bajando continuamente la vista hacia el lejano texto escrito. Al igual que el conocimiento del inglés es muy importante en las reuniones internacionales, la espontaneidad enriquece la expresión hablada, facilita la comunicación con la audiencia y da un cierto calor a lo que se dice. Permítase añadir que alguno de los textos leídos era gramaticalmente deplorable.

El cuarto y último “pero” sería que no se explica muy bien la razón por la que la Princesa de Asturias no acercase siquiera los labios a la copa de champán o cava en el momento culminante de un brindis retransmitido por televisión dentro y fuera de España. Los gestos inusuales por activa o por pasiva en ceremonias tan solemnes abren la puerta a toda clase de cábalas, incluidas las más descabelladas. De ahí que lo mejor en estos casos sea atenerse a la etiqueta o a los precedentes. Mientras menos ocasiones demos a unos comentarios no siempre bienintencionados, mejor.

Dicho sea todo ello con el mayor respeto.