El cagón (IV)

Este ejemplo guarda escasa relación con la figura del “caganer” en los nacimientos catalanes. Ese buen hombre, en cuclillas y con los calzones caídos para hacer sus necesidades, se identifica con el paisaje y nos envía un mensaje ecológico. Aquí se trata del cagón urbano que demuestra su desprecio por el entorno haciendo aguas menores e incluso mayores donde mejor le place. Imaginemos la práctica de tan gratificante función fisiológica en una esquina bien concurrida, a la puerta de una iglesia o -¿por qué no?- de un ministerio. Supongamos que hasta ese momento ningún ciudadano ha puesto fin al espectáculo sin requerir siquiera la intervención de la fuerza pública. Y veamos cómo podría celebrarse el evento si apareciese por allí, y no mirara hacia otro lado, un guardia municipal.

Según se advirtió en otro lugar, no es lícito detener a nadie por conducta no tipificada penalmente, como tampoco cabe el simple traslado a comisaría para identificar al ya identificado. Huelga insistir, por lo demás, en que el protagonista de esta segunda historieta de impunidad selectiva por insolvencia debe ir perfectamente documentado y comportarse -en tanto lo permita su situación fáctica- con el mayor respeto para con el agente de la autoridad. Y si a pesar de su pobreza dispone de una grabadora, mejor todavía.

No sería raro que al guardia se le escapara algún improperio al contemplar la escena, lo que pudiera constituir una ofensa, al menos leve, contra el honor del defecante. Ciertas expresiones -tío guarro, por ejemplo- son todavía sancionables como falta penal de injurias leves. Grabadas por su destinatario y valoradas como una extralimitación de las competencias del agente, no hay duda de que el cagón habría ganado el primer round. Convertido en potencial denunciante, afrontará con redoblada confianza el resto del combate dialéctico.

Es el momento de ilustrar al agente sobre lo que puede o no puede hacer para evitar que incurra en otros comportamientos delictivos como la detención ilegal. Y a partir de ahí, será muy oportuno dar muestras de impaciencia porque ni el intestino puede interrumpir de inmediato su actividad ni resulta cómodo mantener una conversación en esa postura, aparte de que un diálogo en tales circunstancias atenta claramente contra la dignidad personal.

Luego, llevando siempre la iniciativa, con su mejor tono de voz y como muestra de generosa colaboración con la Administración Pública, el cagón puede extenderse en muy sensatas consideraciones sobre las molestias y gastos que aquélla se ahorraría absteniéndose de la imposición de una multa tan merecida como incobrable. Explicará las dificultades para encontrarle en un domicilio más o menos provisional donde Cristo dio las tres voces, advertirá de que más aleatorio aún sería encontrar un vecino para transmitir las notificaciones, subrayará que no tiene un euro a su nombre ni es previsible que lo tenga a corto, medio o largo plazo, indicará que no es su costumbre entretenerse con la lectura de boletines oficiales o edictos, y recordará, por último, que si se les ocurriese sustituir la multa por trabajos en beneficio de la comunidad, habría que traerle y llevarle a costa de las arcas municipales, por lo que su rendimiento quizás no alcanzase a compensar el gasto.

Nada, finalmente, de prestarse al bonito truco de la rebaja por el pago rápido y a otra cosa mariposa. Las sanciones deben seguir sus trámites para que el denunciado pueda defenderse, aunque en este caso no valga la pena. Las cosas son como son, nos guste o no. El cagón, un ciudadano en pleno disfrute de sus derechos fundamentales, abandonaría el lugar de autos tan pronto le dejaran en paz y pudiera limpiarse el trasero como mandan los cánones, la costumbre del lugar y la higiene. Que todo sea para bien señor agente. Ha sido un placer. Aquí paz y después gloria. La próxima vez buscaré otro lugar por eso de la justicia distributiva y para que no me venga usted con una denuncia por desobediencia.