El territorio de Gibraltar (II)

En una anterior columna se habló de la pérdida de Gibraltar y del progresivo fortalecimiento de la colonia como prólogo al actual contencioso entre España y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Ahora toca acercarse al problema para, si no es posible su solución definitiva en un futuro próximo, soportarlo al menos como una enfermedad crónica, evitando la repetición de los errores cometidos a lo largo de 300 años. Ni el patriotismo debe ser ciego, en beneficio del contrario, ni el pensamiento y la acción deben responder a un excesivo voluntarismo, ni Gibraltar debe servir para distraer la atención de otras cuestiones políticas sin relación alguna con la colonia. Empecemos por la geografía del Peñón en castellano o de la Roca en inglés.

El Peñón, unido al resto de España por un istmo arenoso que se abre al norte hacia lo que hoy es La Línea de la Concepción, presenta casi en vertical una altitud máxima de 425 metros para descender después paulatinamente en dirección sur hasta Punta de Europa. Al oeste, o sea, hacia la bahía de Algeciras, se sitúan la ciudad de Gibraltar y su puerto. Procede advertir de entrada que los terrenos ganados al mar a lo largo de muchos años han ampliado notablemente la superficie de la colonia.

La cara del Peñón hacia levante es, por el contrario, tan escarpada que no existía allí ni puerto ni núcleo de población alguna cuando se firmó el Tratado de Utrecht. Incluso para acceder a la minúscula playa de los Catalanes había que bordear el mar. Y, naturalmente, tampoco se disponía entonces de ningún túnel bajo la roca, funicular u otro moderno medio de comunicación. Sin embargo, la cesión de Gibraltar se entendió como referida a todo el Peñón, incluidas sus dos vertientes y el espacio comprendido entre la ciudad y Punta de Europa. Los viejos mapas ya sitúan la frontera en la zona neutral del istmo. De esa franja hacia el sur todo quedaba bajo la soberanía inglesa.

No parece que durante estos tres últimos siglos España haya insistido mucho en reclamar algún derecho sobre dicho territorio. Las quejas se han centrado en la anexión de la franja sur de la zona neutral y en la existencia o no de aguas territoriales gibraltareñas. De hecho, la polémica ha afectado casi exclusivamente a la bahía de Algeciras, que es donde se desarrolla toda la actividad de la colonia. Pocos problemas había planteado la vertiente oriental del Peñón antes de que en tiempos recientes se proyectasen y empezasen a construir complejos turísticos y puertos deportivos (con materiales españoles, dicho sea de paso).

Tras hacerse con la franja sur de la zona neutral, en la que hoy se ubican algunos edificios civiles y un aeropuerto de uso preferentemente militar, los ingleses se desentendieron de la franja norte. Nuestros soldados adelantaron después la guardia hasta la misma verja, a cinco u ocho metros de los británicos y de la policía gibraltareña. También construimos allí algunos búnkeres durante la Segunda Guerra Mundial. Es como si, un poco a remolque, hubiésemos asumido la plena soberanía sobre la franja norte para compensar la ocupación de la franja sur por los británicos.

La polémica del siglo XXI se ha desplazado así hacia las aguas territoriales. A ese aspecto de la cuestión se dedicará el próximo artículo.

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