Sobre la Monarquía y la República

La alternativa entre monarquía y república es una cuestión puramente académica en países europeos que, como Francia, Alemania, Austria, Hungría, Italia, Rumanía, Bulgaria, Albania, Polonia o Serbia, tuvieron en su día, y a veces durante siglos, un rey o un emperador. Lo mismo ocurre en otros continentes. Nadie suspira por el regreso del sultán de Turquía, del sha de Persia, del rey de Egipto, del bey de Túnez o de los emperadores de China y Brasil. El libro de la historia ha pasado definitivamente página. A veces con un suspiro de alivio, a veces agradeciendo los servicios prestados y a veces, las menos, con un recuerdo melancólico para la dinastía que cumplió bien su papel en otros tiempos. Se puede ser republicano en Viena sin guardar rencor a los Habsburgo.

En Grecia, la monarquía de importación fue expulsada por méritos propios, entre ellos su complicidad con el régimen antidemocrático de los coroneles. En España, siempre diferente, una monarquía milenaria dejó paso a la república en dos ocasiones, con Isabel II y Alfonso XIII (Amadeo de Saboya se quedó en experimento frustrado), pero las dos repúblicas fueron un desastre. Luego, tras la muerte del general Franco, las fuerzas políticas de izquierda, muy mayoritariamente republicanas, y las de derechas, más próximas a la monarquía, consensuaron una transición que, coronada con el Rey Juan Carlos I, garantizaría el futuro democrático de España. El Rey como símbolo supremo de unidad y permanencia de un Estado construido a partir de una soberanía residenciada en el pueblo español.

Verdad es que la nueva monarquía formaba parte de una Constitución que había de aceptarse o rechazarse en su totalidad, pero no es menos cierto que se apostó por un rey demócrata y se acertó. Desde 1978 hemos tenidos gobiernos de UCD, PSOE y PP dentro del normal funcionamiento de las instituciones. Y el golpe de Estado de 23 de febrero de 1981 hubiera tenido probablemente un desenlace muy distinto si se hubiera dirigido contra un presidente de la República.

Hay monarquías, como la inglesa, que son ejemplares en la defensa de los derechos y libertades de las personas, y otras, como las del Golfo Pérsico, que son teocracias medievales. Y a la inversa. La república suiza, de un lado, y las repúblicas socialistas soviéticas o populares, de otro, tampoco resultan comparables. La alternativa habría quedado indefinidamente en el trastero de nuestras preocupaciones si en España no hubieran ocurrido muchas cosas en los últimos tiempos.

Se explica que no guste la absoluta inviolabilidad e irresponsabilidad de quien por ser rey queda al margen del Código Penal y, según opinión harto discutible, también del Código Civil. La persona del rey de España ya no es sagrada en la Constitución de 1978, pero se la trata como si lo fuera. El fiscal Luis Portero, asesinado por ETA, estudió la posibilidad de proteger al monarca con un sistema de garantías procesales a semejanza de lo que sucede con los presidentes republicanos. La sucesión hereditaria alejaría las interferencias partidistas en la jefatura del Estado, pero nadie estaría por encima de la ley. Una fórmula de compromiso.

La crisis económica es un nuevo escenario en el que los añorantes de la IIª República ondean la bandera tricolor, venga o no a cuento, como promesa infalible de recobrada felicidad. Desaparecerían el paro y los recortes en educación y sanidad. Los mercados nos verían con mejor cara y la Unión Europea nos prestaría a fondo perdido cuanto dinero necesitásemos. Pero la identificación de la república con el izquierdismo radical y utópico, aplaudido por los antisistema y amigos del caos (los “Chaoten” les llaman en Alemania) redunda paradójicamente a favor de una Monarquía que, pese a sus defectos, nos ha permitido ser una de las grandes democracias occidentales.

Los partidos políticos, muy desprestigiados ante la opinión pública, no habrían funcionado mejor con el presidente de una IIIª República elegido a gusto de los acampados del 11M en la Puerta del Sol, los que acosan al Congreso de los Diputados o los que intercambian soluciones mágicas en internet. Los partidarios de una república como en Alemania o Francia, apoyarían a la Monarquía de 1978 ante la tesitura de repetir la experiencia que nos llevó a la guerra civil y a la dictadura franquista. Hay gentes con las que, según el dicho popular, no se puede ir ni a recoger una herencia. El Rey de España merece el mismo respeto de monárquicos y republicanos que corresponde a un Presidente de la República Española. Estamos en la línea de Ortega y Gasset, Marañón y Pérez de Ayala, y ya sabemos que su “no es eso, no es eso” llegó demasiado tarde.

Tampoco el fervor republicano de los independentistas catalanes, vascos, gallegos, andaluces y canarios, de derechas o izquierdas, contribuye mucho a la instauración de una IIIª República. Mejor una monarquía moderna para toda España, con el respeto debido a su pluralidad interior, que un inestable mosaico de países semiindependientes a semejanza de la Yugoslavia del general Tito. Las manifestaciones callejeras con banderas tricolores y marcado sectarismo político son hoy los mayores obstáculos para una república consensuada por la mayoría de los españoles y homologable con las hoy consolidadas en la Europa Occidental.