Las promesas electorales

Cuando un partido político se presenta a unas elecciones generales con un determinado programa y las gana por mayoría absoluta, lo pertinente, lógico y natural sería que lo cumpliese o al menos lo intentara seriamente. Luego, según los resultados de sus propuestas, serán los propios ciudadanos quienes le reiteren o retiren su confianza en la siguiente convocatoria. Este sencillo pensamiento es el recordado oportunamente por el expresidente Aznar en sus últimas intervenciones públicas.

Los grandes acuerdos con otros partidos tienen su expresión más clara en los gobiernos de concentración nacional o en los pactos de gobierno para evitar el bloqueo de las instituciones por la dificultad de tomar decisiones en un sentido u otro. No es esa, sin embargo, la situación en España. El PP nada tiene que negociar sobre sus promesas electorales. Ha sido su programa el respaldado por los electores y, además, de forma que su cumplimiento no dependa de voluntades ajenas. La aplicación de un programa distinto para conseguir el apoyo de otros partidos sería un fraude electoral. No es eso, no es eso, dirían –o dirán- los electores, como avisó Ortega y Gasset cuando empezó a torcerse el rumbo de nuestra IIª República.

Nada impide pactar los detalles de un proyecto porque el desarrollo de cualquier idea se mueve dentro de un cierto marco de actuación. Sentada la meta, las sugerencias de la oposición pueden incluso mejorar la hoja de ruta del Gobierno. Pero siempre –bueno es repetirlo- que la promesa electoral no sea la víctima del consenso. Y a veces las alternativas sólo admiten componendas artificiosas que, nacidas en la mesa de negociación, nunca habrían sido apoyadas por quienes votaron una u otra de las opciones. Puede ocurrir, por ejemplo, que quien rechaza la independencia de una Comunidad Autónoma prefiera su secesión antes que su permanencia en España como socio privilegiado a costa del resto del país.

Como en otras ocasiones, los razonamientos generales hacen agua si se desciende a la realidad española. De poco sirven las líneas anteriores cuando el partido que hoy gobierna con mayoría absoluta convierte sus promesas en papel mojado al día siguiente de su triunfo electoral para hacer o dejar de hacer lo que considere oportuno en la lucha contra las diversas crisis recibidas en herencia. Así, sin un programa que cumplir, todo sería negociable, los detalles igual que los principios.

El desastroso balance de los últimos años del anterior Gobierno y el incumplimiento de sus promesas electorales por parte del PP son la causa de la enorme pérdida de credibilidad de ambos partidos nacionales. Y eso no es bueno para España. Tampoco lo es, dicho con todos los respetos, que el Rey baje a la arena política, aunque sea para impulsar unos pactos o consensos no siempre compatibles con la voluntad de quienes votaron un programa determinado.

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