¡Ay de los que no son jóvenes!

El título -y que el galo Breno, vencedor de Roma, me perdone la inspiración- ha salido un poco largo. Hablo de los trabajadores de cuarenta y cinco años para arriba. De los viejos sin más rodeos, los mayores, los ancianos o los ciudadanos de la tercera edad (hablar de personas muy maduras no suena bien). Se trata de quienes, estando aún en edad de trabajar, quieren hacerlo y no encuentran donde. O sea, que figuran en las listas del paro.

Nadie discute que nuestra brutal crisis económica -la que nunca llegaría a España según Rodríguez Zapatero y compañía- gravita particularmente sobre unos jóvenes que se las ven y se las desean para obtener su primer empleo, si es que lo consiguen. Más de un cincuenta por ciento en algunas partes de España. Un problema más cercano para muchos que la corrupción institucionalizada o los devaneos soberanistas de Cataluña y el País Vasco. Lo primero es comer, porque la filosofía y todo lo demás puede esperar. Séneca nos lo dijo con su primum vivere et deinde philosophare.

La penuria laboral recuerda a la manta que es demasiado corta para tapar simultáneamente la cabeza (o el pecho) y los pies. Ahora se articulan medidas para ayudar a los jóvenes, abaratando su contratación para las empresas, pero así, aunque se creen nuevos puestos de trabajo, se facilita también que los ya existentes y muchos de los futuros vayan a esas personas privilegiadas. Se olvida, o se hace como si se olvidase, el paralelo perjuicio de los no tan jóvenes. Un padre de familia, por ejemplo, que con cuarenta años, mujer, dos o tres hijos y deuda hipotecaria, verá como sus posibilidades se reducen a cero porque los empresarios cubrirán las vacantes con mano de obra más barata. El trabajo de los jóvenes como mercancía políticamente subvencionada por el Estado.

En la mano de obra vuelve a primar -después de tantas bellas palabras- lo puramente económico sobre cualquier otra consideración. Al mercado laboral sólo le importan sus cuentas. La mujer, los hijos, los años trabajados y la pérdida de futuro personal no interesan, y menos aún en época de vacas flacas. Las preferencias poco importan si hay botes salvavidas o trabajo para todos. Pero, puestos a comparar, al joven todavía le queda una vida por delante, más allá de la emigración y la sopa boba en casa de sus padres, si no han perdido también su trabajo, o de la abuela que cobra una modestísima pensión. Hasta la chapuza puede bastar para que malviva una persona sola. La tragedia de quien llegó a cierta edad, tiene una familia a su cargo y carece por completo de futuro, es bastante peor. No es que tenga un negro futuro, sino que simplemente no tiene ninguno.

El Gobierno haría bien en reflexionar sobre lo que la discriminación positiva de los jóvenes supone de discriminación negativa para otros parados no menos vulnerables. Los daños colaterales pueden ser muy graves y algo habrá que hacer para reducirlos al mínimo. No vaya a ser que en eso de la solidaridad nos olvidemos de nuestros mayores. Por cierto, sólo a la canciller Merkel le he oído preocuparse por este daño colateral de la protección de los jóvenes sobre los parados de cierta edad.

Sobre el autor de esta publicación

José Luis Manzanares

Nació en 1930. Obtuvo Premio Extraordinario en la Licenciatura de Derecho por la Universidad de Valladolid (1952) y en el Doctorado por la Universidad de Zaragoza (1975).

Ingresó en la Carrera Judicial en 1954 y se jubiló como Magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo el año 2000. Es también Abogado del Estado (jubilado) y Profesor Titular de Derecho Penal (jubilado). Fue Vicepresidente del Consejo General del Poder Judicial entre los años 1990 y 1996. Desde 1997 es Consejero Permanente de Estado.

Amplió estudios en la Universidad Libre de Berlín Occidental y en el Instituto Max Planck de Friburgo.

Ha pronunciado numerosas conferencias en España, Colombia, Cuba, Alemania e Italia.

Ha publicado más de un centenar de trabajos jurídicos, amén de nueve libros, entre ellos dos Comentarios a los Códigos Penales españoles de 1973 y 1995, habiendo participado en otros diez de carácter colectivo. También ha traducido algunos textos jurídicos del alemán, entre los que destaca la última edición (la 4ª) del Lehrbuch des Strafrechts (Parte General) del Profesor Jescheck. Ha llevado durante años la Sección jurisprudencial del Anuario de Derecho Penal y Ciencias Penales. La misma labor desarrolló en la Revista “Actualidad Penal”, de la que fue Director durante algunos años, desde su primer número hasta su cierre el año 2003. Es también autor de unos comentarios en 2 Tomos al vigente Código Penal tras su reforma por la Ley Orgánica 5/2010, editados por Comares, Granada. Su último libro, publicado el año 2012 por la editorial La Ley, de Madrid, se ocupa de “La responsabilidad patrimonial por el funcionamiento de la Administración de Justicia”.

Ha colaborado en algunos periódicos nacionales, como ABC, Diario 16, La Razón, El Mundo, El País, La Gaceta de los Negocios, La Clave, Epoca y Expansión, y semanalmente, durante muchos años en Estrella Digital. También en la revista alemana “Juristenzeitung” y otras especializadas de México y Argentina.