El Liceo, la Monarquía y la unidad de España

Hay varias formas de reaccionar cuando a uno no le gusta el invitado, sea para presidir un banquete, sea para ocupar el palco de honor en el Liceo de Barcelona. La primera es acudir al acto y comportarse dentro de lo que manda una cortesía no absolutamente incompatible con un cierto distanciamiento como educada manifestación de disgusto. Tal conducta expresa un reproche para quien extendió la invitación, pero evita una situación violenta para todos.

La segunda respuesta consiste en no acudir. Los críticos permanecen en su casa, con lo que se ahorran ulteriores problemas y, si sus plazas no fueran cubiertas por nadie más, el invitado puede imaginarse fácilmente la razón de las ausencias. Pero esta decisión conlleva dos inconvenientes. El primero es que el contestatario se queda sin banquete o sin evento Y el segundo consiste en que perdería la oportunidad de sumarse al abucheo. Ambas razones explican que dicha actitud cuente con escasos seguidores.

La tercera posibilidad, en la que el “seny” catalán brilla por su ausencia, es la de acudir para abuchear con absoluta impunidad al huésped. La ocasión para ofender en persona a todo un Príncipe de Asturias y a su esposa no se presenta fácilmente. Ante una oportunidad así poco importa que quien cursó la invitación pase un mal rato. La vida está llena de daños colaterales perfectamente asumibles por la excelencia del fin perseguido, en este caso la sonora repulsa a quienes representan la unidad de la nación española.

Ahí reside el quid de la cuestión. Al margen de la lectura sesgada de nuestra Guerra de Sucesión y con independencia de que el archiduque Carlos gozara de más predicamento en Cataluña que en otras partes de España, no se trata tanto de pronunciarse contra los Borbones como de ofender al Jefe del Estado de la España que nos oprime y roba. El recibimiento deparado a los Príncipes de Asturias en el Liceo, escaparate de la alta burguesía barcelonesa, no habría sido distinto para el presidente de una República basada también en la unidad de España.

Recuérdese con qué rapidez y con qué facilidad intervino el ejército el año 1934 tras la declaración de independencia de Companys, presidente de la región autónoma de Cataluña (lo de nacionalidad ha sido una original aportación de la Constitución de 1978). Al traidor, pues como tal fue condenado, se le impuso la pena de treinta años de prisión. Los paños calientes no son siempre el mejor remedio contra la política de pasito a pasito hacia la meta deseada. Hoy es de mal gusto recordar todo lo que se puede hacer –y aún se debe- frente a cualquier declaración unilateral de independencia. Pero no faltan quienes advierten que hemos llegado a un punto de no retorno, por lo que, en la práctica, la defensa a ultranza de la unidad de España sería actualmente más difícil.

Los franquistas preferían una España roja a una España rota. Y Juan Negrín, presidente del Gobierno de la 2ª República clamaba en noviembre de 1938 contra las sórdidas campañas separatistas. Antes de plegarse a ellas “cedería el paso a Franco”. Las dos Españas, las derechas y las izquierdas, los monárquicos y los republicanos coinciden en algo.

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