Cochambre en el ombligo de España

La cochambre del título es la concentración de gitanos balcánicos que ejercen la mendicidad exhibiendo sus mutilaciones y malformaciones físicas, así como otros achaques o dolencias de difícil comprobación. Y el ombligo es la madrileña Puerta del Sol, en el centro de España, con su kilómetro 0 ante la sede de la Comunidad Autónoma. Se podría hablar del corazón de las Españas, pero hoy el plural sobra y lo del ombligo, menos pretencioso, se aviene mejor con el tema de estas líneas.

El espectáculo se repite cada día con la misma precisión con que el reloj de la vieja Casa de Correos da las campanadas de Año Nuevo. Una veintena de individuos de tez oscura, andrajosos y de suciedad extrema, se reparten los puestos para pedir limosna en la Puerta del Sol y calles adyacentes. Aunque todos los hombres son cojos (curiosamente las mujeres no), ellas y ellos se desplazan con igual rapidez para, llegado el caso, acercar el vasito de las monedas a la oreja del transeúnte. También el estar parado mucho tiempo a la puerta de una pastelería -“La Mallorquina” por ejemplo- puede, como el tabaco, perjudicar la salud.

En este espectáculo, tan indicado para promocionar la marca España y la candidatura de Madrid como sede de los Juegos Olímpicos, sobresalen algunos de sus protagonistas. Una pobre mujer, con los brazos atrofiados y sin piernas, es sentada en el centro de la plaza, como buscando que algún peatón tropiece con ella para montar el cirio y reclamar a voces la pertinente indemnización por daños y perjuicios. Un varón joven y espigado, con los dos brazos amputados a la altura del hombro, se acerca al peatón con el cubilete de las limosnas en la boca y lo hace sonar a pocos centímetros de su rostro. Sólo falta el leproso que acosa con sus muñones al turista en las ciudades del África profunda. Pero no hay que perder la esperanza.

Los rasgos diferenciales de nuestra capitalina feria del lisiado son, sin embargo, muy notables. Todos estos individuos –literalmente todos- provienen del sureste europeo. Siendo esto así, como es, procede preguntarse por qué han escogido a España para ejercer la mendicidad organizada cuando les queda más lejos y es bastante más pobre que Austria, Suiza, Francia o Alemania. Mucho celebraríamos una respuesta de nuestros responsables políticos, aunque conozcamos bien la verdadera: porque aquí todo el monte es orégano y nadie les molesta. Eso es, desgraciadamente, lo malo. Pero lo peor es que con la legislación actual nada, absolutamente nada, puede hacerse salvo amenazar de boquilla con unas sanciones que no existen.

La mendicidad habitual se contemplaba en la Ley de Vagos y Maleantes de 1933, obra en buena parte del ilustre penalista y socialista Luis Jiménez de Asúa, y lo mismo ocurría en la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, derogada en 1995. Esa conducta queda hoy al margen del ordenamiento penal, no constituyendo ni delito ni falta, de manera que sólo podría sancionarse por vía administrativa. Ocurre, sin embargo, que la multa no tiene sentido cuando el multado carece de bienes embargables y sucede, además, que la multa administrativa, a diferencia de la impuesta por un juez, nunca puede convertirse en arresto u otra privación de libertad.

Los numerosos policías municipales se ven por eso en apuros si se les invita a hacer algo. Sencillamente, no pueden porque nuestra avanzada legislación no se lo permite. Ellos mismos te cuentan que aquel tullido ya disfruta, pese a ser extranjero, de una pensión o ayuda, y que aquel otro, el varón joven sin brazos, recolecta unos 150 euros diarios. Mientras tanto, algún turista o periodista saca unas fotos que se publicarán después, para mayor gloria de la marca España, en los grandes rotativos de Alemania, el Reino Unido o los Estados Unidos de América.

Hacía tiempo que quería denunciar públicamente esta cochambre de importación, pero no me atrevía por miedo a que los lectores pudieran tildarme de exagerado. Ahora lo hago aprovechando el reportaje gráfico en un diario de tirada nacional. Allí aparecen algunos de estos mendigos que tan ricamente ejercen su profesión en la Puerta del Sol, ombligo de un Madrid que es a su vez rompeolas de las Españas. Ninguno de ellos tiene aspecto de haber trabajado en su vida, ni en su país de origen ni en otro lugar, pero nosotros los acogemos con la generosidad que nos caracteriza. O con la resignación de los que no saben resolver un problema.

En una ocasión, el entonces alcalde Ruiz Gallardón quiso integrar en nuestra sociedad a algunas familias de gitanos extranjeros acampados en los alrededores de la capital. Se les entregaron viviendas con todos los servicios básicos y se trabajaba también en la escolarización de los niños. Pero un buen día aquellas gentes levantaron el vuelo sin dar siquiera las gracias. De ellas nunca más se supo. Como del dinero que a los madrileños nos costó la obra de caridad.